“Quería que le limpiaran todo, la casa y el sable”: del servicio doméstico a la construcción subjetiva de la prostitución como oficio en Argentina

María de las Nieves Puglia*

* María de las Nieves Puglia es magister en antropología social y doctoranda en sociología de IDAES/UNSAM, becaria doctoral de CONICET y miembro del Centro de Estudios Sociales de la Economía (CESE). Es autora de Lejos de “la venta del cuerpo”. Gestiones corporales y simbólicas en trabajadoras sexuales, en Astrolabio (2016), y de La puta y el Estado: aproximaciones etnográficas a la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina - CTA, en Sísifo (2012). Entre sus líneas de interés destacan la sociología del dinero, los estudios de género y sexualidades, la sociología del trabajo y sociología del cuerpo, y la perspectiva y método etnográfico.


Resumen:

El presente trabajo se propone analizar trayectorias de iniciación de mujeres trabajadoras domésticas remuneradas en el mundo de la prostitución de la ciudad de Buenos Aires, Argentina, a partir de ciertos usos y significados del dinero. Para esto recuperaré algunas escenas de la práctica de la dobleta como momentos a partir de los cuales se comienzan a entremezclar el servicio doméstico y el sexual, poniendo en tensión preconcepciones de la prostitución como “vida fácil”, “dinero fácil” y la idea de la mujer como “víctima” tanto de un sistema estructural de explotación sexual como de la pobreza. Indagaré en la transmisión de conocimientos de las prácticas sexuales, el lugar o territorio de trabajo y la presentación de clientes confiables de la mano de figuras intermedias que actúan como iniciadoras. Luego, mostraré el desplazamiento simbólico de la violencia hacia el ámbito del matrimonio y la construcción del oficio de la prostitución como fuente no sólo de ingresos, sino también de orgullo. Por último, concluiré que la idea según la que las mujeres “caen” en la prostitución como destino ineludible, indeseable y rechazable resulta problemática, pues su complejidad abarca significaciones sociales posibilitadas por el dinero obtenido y el orden social de género que funda. Los resultados fueron obtenidos a partir de un extenso trabajo de campo con enfoque etnográfico durante los años 2011 a 2013, con afiliadas a la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina. Las técnicas utilizadas fueron primeramente entrevistas grupales informales y observación participante, construyendo un diálogo que toma a este grupo de mujeres como interlocutoras fundamentales para producir conocimiento.

Recibido: 08-2016; Aceptado: 02-2017

Revista interdisciplinaria de estudios de género de El Colegio de México, 2017

Palabras clave: iniciación en prostitución, trabajadoras domésticas remuneradas, dobleta, significados del dinero, generización del dinero.
Key words: iniciation in prostitution, paid domestic workers, dobleta, meanings of money, gendering money.

La dobleta: iniciación en el mundo de la prostitución

En 2011 las dirigentes y algunas afiliadas de la Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina (AMMAR) de la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA)1 se preparaban para el acto del Día Internacional de la Lucha contra el sida en su oficina del segundo piso del edificio de la central. Carla, Marta, Romina y yo tomábamos mate mientras hablábamos. Las tres provienen de sectores populares y se conocieron en las calles de la ciudad de Buenos Aires hacia los años 2000, cuando comenzaron a emprender diferentes caminos hacia la militancia. Hoy en día rondan los 50 años. Ninguna supera el metro sesenta y cinco de altura, de figuras voluptuosas y curvilíneas, las tres vestían jeans y camisetas. No era extraño que las conversaciones sobre su trabajo de terreno en las calles de Buenos Aires se entremezclaran con comentarios y relatos sobre las parejas, las familias y todo lo referente a la cotidianeidad de las afiliadas. Ese día las tres se expresaban develando una memoria autobiográfica (Mendoça, 2012) estructurada por sus trayectorias de militancia que dan sentido y coherencia a los relatos, constituyéndolos en narraciones particulares, articuladas y al servicio de un discurso político-militante.

En esta oportunidad, conversábamos sobre sus ex parejas. El ex marido de Romina cumplía años el día siguiente y quería hacerle una “fiestita” de cumpleaños. La connotación sexual en esta expresión es clara. Bromeaba con festejarle el cumpleaños a su ex esposo con un encuentro sexual. Las tres se ríen mientras imaginan la situación porque saben bien que son notables los entrecruzamientos entre matrimonio, divorcio y entrada al mundo del “trabajo”, que comenzó siendo trabajo doméstico remunerado para luego devenir en sexual. En los años ochenta estaban casadas con parejas cuyos empleos eran muy precarios o estaban desempleados, por lo que los ingresos del hogar eran escasos y resultaba imperativo salir a trabajar de empleadas domésticas. Este tipo de actividad constituye una de las formas más habituales de alternativa laboral para las mujeres argentinas y latinoamericanas de sectores populares desde hace décadas (Torrado, 2004; Gorbán, 2013), con la particularidad de la fuerte precarización laboral de los sectores informales en los años ochenta debido a una baja capacidad de la economía para generar empleos formales (Torrado, 2004).

Romina y Carla trabajaban en agencias de servicio doméstico. Éstas, generalmente administradas por una mujer, contrataban sus servicios cuando un cliente se comunicaba para solicitarlos. En nuestra conversación, ambas se dieron cuenta de que, durante algún tiempo, trabajaron para la misma agencia ubicada en el barrio de Congreso, cuya dueña se apodaba Pochi. Ambas se vieron involucradas en una misma situación que me relataron. Las dos fueron enviadas a la casa de un “tipo asqueroso”, con uñas largas y sucias y un departamento en Avenida Libertador. Carla recuerda que cuando llegó a su casa, él le preguntó si hacía lo mismo que la chica que solía ir, a lo que ella contestó mecánicamente que sí, segura de que se trataba de los habituales servicios de limpieza. No estaba enterada de que no eran los únicos servicios usualmente prestados a ese cliente.

Comenzó sus actividades de limpieza como en cualquiera de las casas a las que solía prestarles este servicio. Luego de unos minutos, el hombre empezó a aproximarse. Romina identificó enseguida lo que él buscaba, la dobleta, a lo que Marta agrega: “quería que le limpiaran todo, la casa y el sable”.2 Se trata de una práctica en la cual el cliente contrata simultáneamente los servicios domésticos y los servicios sexuales de una mujer que voluntariamente los presta. En ese momento de sus vidas, en los 30 años de edad, ninguna tenía el conocimiento específico del campo que hoy poseen y que les permite nombrar esa práctica como tal y articularla de forma significativa en un relato coherente. Por el contrario, en el momento de los hechos se vieron sorprendidas por una situación que encontraron desagradable. Ambas suponen que Pochi sabía perfectamente que ese hombre quería la dobleta, pero que estos intereses no eran revelados cuando eran convocadas para hacer el trabajo. El dueño de casa, empezó a tocar a Carla, quien inmediatamente huyó del departamento. A Romina le pasó lo mismo, pero después de dos horas de limpieza, se puso a gritar y le dijo que le pagara las cuatro horas previstas, a lo que aquél se negó. Entonces, tomé un jarrón de bronce (porque según ella el bronce se vendía muy bien en esa época) y lo amenazó con llevárselo. El hombre finalmente le pagó. Ambas salieron corriendo del departamento, pero no imaginaban que aquella práctica que las había sorprendido de forma desagradable y hasta violenta, luego se convertiría en la actividad que seleccionarían para la generación de ingresos superiores a los que en ese momento obtenían por el servicio doméstico.

Si bien la dobleta es una práctica en la que se prestan servicios domésticos y servicios sexuales, ambos remunerados, también resulta un proceso por el cual un grupo de mujeres transita de los primeros a los segundos. Este desplazamiento puede producirse de forma definitiva de modo tal que estas mujeres comienzan a ejercer exclusivamente la prostitución o como un recurso, cada vez que les sea económicamente necesario, alternando entre los dos servicios. Este trabajo se propone comenzar su recorrido con la dobleta como una práctica que coloca en tensión a quien lo ejerce y da lugar a la reconstrucción del proceso por el cual este grupo de mujeres se desplazan desde el servicio doméstico hacia la prostitución, construyéndola subjetivamente como un oficio legítimo.

En el camino de una actividad a otra y las estrategias de legitimación que cada oficio va adquiriendo, descubrimos una constante. El dinero es el elemento articulador que permite explicar no sólo el pasaje de un oficio a otro -es decir, la elección de una actividad porque permite mayores ganancias-, sino también la forma en que esos oficios se vuelven significativos y aceptables para quienes los practican. El rol del dinero, los sentidos asociados a éste, las transacciones que permite y las situaciones que habilita, no son los mismos en todas las actividades. Por el contrario, van variando de acuerdo a las prácticas, de modo tal, que el dinero proveniente del servicio doméstico es considerado más “limpio” que el dinero que se obtiene a través de la prostitución. ¿Cómo se van tiñendo las trayectorias de trabajo con concepciones acerca del dinero que se producen en este traspaso de servicios domésticos a servicios sexuales? ¿Por qué el dinero se va ensuciando? ¿Cuáles son los desplazamientos que estas mujeres realizan para lograr limpiar ese dinero proveniente de la prostitución y significarlo como aceptable, legítimo e incluso valioso y fuente de orgullo?

En este sentido, el dinero será nuestra puerta de entrada metodológica y teórica para explicar y tensionar la distancia entre la experiencia de este grupo de mujeres con respecto a dos mitos: aquellos que sostienen que la prostitución es una “vida fácil” y que aquellas que la ejercen son “víctimas” tanto de un sistema estructural de explotación sexual como de la pobreza que, indefectiblemente, las llevaría a “caer en la prostitución”. Ambos imaginarios son activamente puestos en juego tanto en el sentido común como en la teoría social clásica. ¿Qué sucede cuando el dinero deja de ser sólo un medio de supervivencia para ser una expresión simbólica de liberación? Lo que busco demostrar es que existe un desplazamiento de una concepción objetiva a una subjetiva, que se pregunta por los significados del dinero en una actividad altamente moralizada y estigmatizada. No quiero con estas reflexiones caer en un simplismo acerca del dinero como ilusión de libertad, libertad de consumo y de estilo de vida asociado al capitalismo; deseo ser más precisa. Con esa experiencia de libertad que trae el dinero comienzan a trastocarse los roles dentro del hogar tradicionalmente asociados al varón y a la mujer, junto con un complejo proceso de corrimientos en las definiciones hegemónicas del matrimonio, del rol del marido como proveedor y de la explotación económica y sexual en el hogar que nos sirven para pensar dónde localizan estas mujeres las violencias y las autonomías y la tensión entre ambas. ¿Qué sucede con las relaciones matrimoniales cuando se adquiere autonomía económica y qué sucede con la noción de explotación y de víctima cuando una prostituta cobra por sexo?

El objetivo de este trabajo es comprender cómo se vuelve legítima una actividad cuya legitimidad es constantemente puesta en tela de juicio, por lo que requiere un esfuerzo constante por operar un desplazamiento de valoraciones hacia un terreno socialmente aceptable. Con este fin, este texto pretende interrogar la autonomía económica, la reconfiguración de las relaciones de pareja a partir de ella, las estrategias que se ejecutan con el fin de “limpiar” el dinero y, por ende, la actividad que es fuente del mismo.

El artículo está ordenado para guiar al lector en la iniciación de las mujeres en el mundo de la prostitución y los procesos por los que atraviesan en el camino. Luego de presentar algunas consideraciones metodológicas y teóricas a la luz del estado del arte sobre el tema, indago, primero, en la transmisión de conocimientos de las prácticas sexuales, el lugar o territorio de trabajo y la presentación de clientes confiables de la mano de figuras intermedias que actúan como iniciadoras. En segundo lugar, muestro el desplazamiento simbólico de la violencia y la explotación hacia el ámbito del matrimonio y la construcción del oficio de la prostitución como fuente no sólo de ingresos, sino también de orgullo. Por último, ensayo una conclusión que gira en torno a la problematización de la idea pasiva de una “caída” de las mujeres en la prostitución como destino ineludible, indeseable y rechazable, para adoptar un análisis centrado en el esfuerzo activo, material y simbólico, por producir alternativas dentro de condiciones sociales, económicas y de género desfavorables, atravesadas por concepciones precisas acerca del dinero.

Consideraciones metodológicas

Estos aprendizajes fueron relevados en una etnografía más amplia que se extendió durante los años 2011 a 2013 en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, con afiliadas a AMMAR de diferentes partes del país. Esto se debe a que las oficinas de la filial nacional están localizadas en Capital Federal. El trabajo de campo fue una práctica de constante contacto y participación en las actividades que la dinámica de la organización me proponía.

Las técnicas de recolección de datos utilizadas fueron la observación participante en diferentes espacios como la oficina de AMMAR, las calles y plazas de los barrios Villa del Parque, Constitución, Once y Flores; la participación en diferentes eventos de las efemérides de este mundo, como el Día Internacional de la Lucha contra el sida, Día Internacional de la Trabajadora Sexual y las innumerables entrevistas informales no estructuradas, individuales y grupales, que se produjeron diariamente a lo largo de los casi dos años de trabajo de campo en los que compartíamos juntas entre dos o tres días a la semana. Las entrevistas no fueron grabadas para evitar un efecto de impostación -decir siempre lo políticamente correcto- que el dispositivo generaba sobre las respuestas obtenidas, pero se realizó un registro escrito (a veces textual) in situ de los eventos fundamentales, que se desarrollaron y extendieron a posteriori al llegar cada día a mi casa.

De todo el corpus de datos obtenido, se tomaron aquellos fragmentos referidos a las formas de ingreso al mundo de la prostitución. Al analizar estos datos, se descubrió que una gran parte de las mujeres que llevaban entre una y tres décadas ejerciendo la prostitución, y que hoy tienen entre 35 y 60 años, habían transitado y construido esta trayectoria de desplazamiento del servicio doméstico al sexual y se habían concentrado principalmente (pero no de forma exclusiva) en el barrio de Villa del Parque, que se trata de una zona residencial muy tranquila de la ciudad de Buenos Aires, pero también una zona histórica para el oferta de servicios sexuales en sus calles y plazas, a pesar de no estar asociado a ello en el imaginario de los porteños. Si bien no viven en el barrio en el que ofrecen servicios, se desplazan desde la provincia de Buenos Aires donde residen luego de haber migrado desde el interior del país y, en muy pocos casos, de países limítrofes como Paraguay y Perú. Asimismo, algunas de ellas -pero no todas- son también quienes más experiencia tienen en la organización sindical, sea porque sus referentes han emergido de ese barrio o porque tienen contacto constante con ellas, creando redes de contención en el territorio. No es de extrañar que sean estas mujeres veteranas las que han modulado este recorrido de una actividad a otra, considerando que el servicio doméstico es la salida laboral principal para las mujeres argentinas y de países cercanos, lo que significa que junto con el proceso de destrucción de empleo formal se produjo el consecuente proceso de búsqueda de estrategias de supervivencia en relación con el empleo informal doméstico remunerado y, como aquí se mostrará, los servicios sexuales, que hoy tienen una presencia importante en la ciudad y que involucran una producción de legitimidad en torno a la propia acción.

Los resultados que aquí se presentan se circunscriben a este grupo de mujeres y a sus compañeras e hijas de menor edad que también ejercen, pero sosteniendo siempre un control adecuado sobre el discurso militante que legitima el trabajo sexual como actividad laboral, a través de tres formas. Primero, con la exclusión de las entrevistas estructuradas y grabadas que lo único que generaban era el despliegue de su discurso más público y mediático -reproduciendo las máximas del sindicato. Segundo, con la presencia constante en el campo y de acompañamiento de las actividades y conversando con ellas en los espacios mencionados anteriormente, lo que permite hacerles bajar la guardia de las narrativas políticamente correctas y entrar en posiciones más complejas e incluso alejadas de las concepciones del mismo sindicato. Tercero, a través del alejamiento de las esferas más cercanas al sindicato para poder dialogar con un sujeto más amplio, es decir con mujeres que no necesariamente fueran militantes con permanencia, lo que permitió observar algunas tensiones en lo que consideran un trabajo legítimo.

La lógica del trabajo de campo fue la construcción de lazos de familiaridad a través de la permanencia constante en los espacios que ellas ocupaban, construyendo un diálogo que toma por precepto fundamental considerar a este grupo de mujeres como interlocutoras privilegiadas para producir este análisis. Esto nos permitió comprender las formas que la prostitución puede erigirse como práctica legítima o como carrera desde sus constituciones subjetivas en relación con las trayectorias de la propia actividad, las parejas, los hijos y las significaciones que se construyen en torno a los mismos.

Este trabajo persiguió dos principios metodológicos fundamentales. El primero, propio de la etnografía, la puesta en valor del discurso de las sujetos frente a otros discursos autorizados. Es decir, colocar los discursos en un mismo plano de autorización para nutrir las reflexiones que aquí se presentan. Esto implicó invertir “la relación-sujeto que conoce - objeto que es conocido”, que implica una asimetría en cuanto a quién es portador de conocimiento en favor de la investigadora, por una conversación entre dos tipos de conocimiento, el de las prostitutas y el de la etnógrafa. Es por esto que sin desconocer que la forma de nombrar y concebir la prostitución es objeto de luchas políticas históricas dentro y fuera de los feminismos, aquí se optó por retomar las categorías nativas y respetar su utilización. Las entrevistadas son todas partidarias de realizar un esfuerzo por evaporar los significados denigratorios de su actividad (de los que ellas mismas son portadoras), por lo que el uso de las categorías de prostitución, servicio sexual y trabajo sexual, apuntan siempre a hacer hincapié en la agencia de las actoras, tal es así que, por ejemplo, cuando se menciona la prostitución se dirá que se ejerce y no que se sufre o se es víctima.

El segundo principio fue colocar al dinero como herramienta metodológica, lo que significó perseguir los intercambios monetarios como objeto empírico. Reconstruir los momentos de transacción, de intercambio, es ofrecer luz sobre los momentos en que las subjetividades se ponen en juego, se discuten, se producen y entran en tensión, porque aquello que tienen en sus manos, el dinero, adquiere diferentes significados para ellas y porque, con base en esos significados es que se producen estrategias de obtención, de limpieza y de destino del dinero que busca un camino hacia la legitimidad de formas de experimentar las propias prácticas.

Antecedentes sobre el tema y herramientas teóricas

La idea de adoptar una “vida fácil” funciona, en primer lugar, como una especie de mito en torno a la actividad y posee dos aristas fundamentales. Por un lado, la presunción de la facilidad en la obtención de ingresos y, por el otro, una sospecha sobre la legitimidad de la forma en que fueron adquiridos. Nos hemos inspirado teóricamente de los estudios de Viviana Zelizer (2009, 2011) para entender al dinero como socialmente no neutral. De ellos se desprende que el origen y el uso del dinero no son indistintos en términos valorativos. El dinero se marca social y moralmente según su origen y su uso. De esta forma, los usos que socialmente se consideran ilegítimos se vuelven moralmente sospechosos, como explica Felipe González (2014) tomando como referencia los trabajos de Dewey y de Jeffrey & MacDonald. Además, ese dinero no sólo es sospechoso por tener su origen en el intercambio por sexo, sino también por ser adquirido por mujeres de sectores populares, como explican Wilkis (2013), Figueiro (2013) y Hornes (2015). Bajo sospecha, comienzan a desdibujarse las complejidades y dificultades de un proceso que tiene muchas dimensiones materiales, corporales, subjetivas y simbólicas.

En segundo lugar, los últimos años en Argentina se ha puesto de relieve la categoría de víctima que se cristalizó como figura jurídica en la Ley de Trata de Personas y Asistencia a sus Víctimas sancionada en 2012 y en los decretos que prohíben avisos de oferta sexual y los espacios privados donde se ejerce la prostitución. La concepción sostenida en estas medidas no admite el consentimiento en la niñez ni en la adultez, por lo que se considera que existe el mismo grado y especie de violencia en una mujer adulta que se prostituye por cuenta propia sin tener relación con proxenetas como en una que fue capturada por una red de trata. Según varios estudios, esta figura es sorprendentemente usual en el tratamiento del tema en varios países del tercer mundo. Así, la prostituta del tercer mundo es pensada como una víctima del tráfico sexual, cuya inocencia y pasividad requieren intervención y protección del Estado y de otros agentes sociales cuyo propósito es erradicar las relaciones de explotación sexual (Agustin, 2005; Cheng, 2013; Bernstein, 2012; Daich y Varela, 2014).

El origen del dinero, las condiciones socioeconómicas precarias y la categoría de víctima se convierten en una combinación de razones que presenta una sola explicación posible al fenómeno del ingreso de las mujeres a la prostitución. Construyen la razón perfecta por la cual las mujeres pobres del tercer mundo se prostituyen en su país o migran con ese fin. Las investigaciones de Dolores Juliano y Adriana Piscitelli en España y en Brasil muestran que esta visión instala el paradigma de la trata de personas como única forma de explicar el fenómeno de las migraciones globales en las cuales las mujeres se trasladan para ejercer la prostitución en países centrales, lo que luego se traduce en problemas policiales y de criminalización de mujeres pobres migrantes (Daich, 2012), justificando una industria del rescate (Agustín, 2005).

Estas formas de pensar la prostitución suponen una inmovilidad por parte de las agentes que entra en fuerte contradicción con lo que pareciera constituirse como un proceso de aprendizaje de las reglas para ejercer la prostitución que se relata aquí. En efecto, veremos que no hay nada “fácil” acerca de esta “vida” y que la noción de “víctima” es activamente puesta en tensión por estas experiencias. Algunos investigadores ya se han ocupado de este asunto y retomaremos sus herramientas teóricas para mostrar que en el proceso de construcción de la relación con el dinero como fuente de ingresos, también se erige un espacio simbólico de valorización personal. En este sentido, junto con la sociología del dinero heredada de Zelizer (2009, 2011), tomaré algunas de las ideas de las investigadoras Gláucia Russo (2007), Mendoça (2012) y Mendes Losso (2011), que mostraron que el dinero no sólo garantiza la supervivencia de estas mujeres, sino que también funciona como elemento simbólico a partir del cual se construyen identidades entrelazadas con la idea de autonomía personal y una concepción subjetiva de libertad y de poder en relación al hacer y al consumo, construyéndose así una carrera (Best, 1982; Fonseca, 1996) a partir de un cuidadoso aprendizaje de las reglas sociales que rigen el universo de la prostitución, que se produce por vías informales (Mendes Losso, 2011)

Existe en estas investigaciones una búsqueda de la racionalidad particular a la que responde la entrada al mundo de la prostitución, la forma en que se construye la decisión de hacerlo, alejándose de una concepción de comportamiento desviado (Walkowitz y Walkowitz, 1973), encontrando sentidos asociados a la actividad, al dinero y a las formas de supervivencia predeterminadas según la pertenencia de clase. El proceso gradual de ingreso en la actividad, combinando prácticas y actividades laborales en paralelo, hasta el descubrimiento y valorización del uso del cuerpo o partes de éste como recursos profesionales revela el doble carácter del lucro: económico y simbólico y, con esto, la posibilidad de que la prostitución sea fuente de goce, placer sexual y emocional y diversión (Mendoça, 2012). Mendes Losso (2011) da un paso más adelante discutiendo no sólo la elección de la prostitución, sino además el aprendizaje y los rituales de iniciación que implican la interiorización de las reglas de juego de ese campo como la división de ámbitos público y privado, las tácticas de ocupación territorial y de espacios de ejercicio y el conocimiento de los clientes. Como explicaban Claudia Fonseca (1996), Susana Rostagnol (2000) y Joel Best (1982) ya hace varios años, vale la pena estudiar las trayectorias de sociabilidad de estas mujeres que batallan entre su trabajo, sus familias y la construcción de sus identidades en lo que podríamos denominar una carrera.

Las prácticas y sentidos implicados en el proceso de entrada al mundo de la prostitución y, que aquí se presentan como resultados de investigación, encuentran regularidades que podrían entenderse bajo el concepto teórico, pero empíricamente inspirado, de carrera, que se inscribe dentro de lo que la investigadora Marta Lamas postula como la tensión -irresoluble e irreductible a una de sus partes- entre una opción elegida por su capacidad de empoderar y liberar y una supervivencia precaria que genera vergüenza y culpa (2015). De hecho, la dobleta se convertiría en una de las opciones de supervivencia dentro de un campo muy acotado que comprende el cuidado de ancianos, enfermos y discapacitados; el servicio doméstico y la prostitución.3 Sin embargo, en un primer momento podemos notar que estas posibilidades no son tan fácilmente diferenciables. El ingreso al mundo de la prostitución, en estos casos, fue de la mano del trabajo de limpieza en domicilios particulares. Esta última práctica produjo a modo de un continuum las condiciones para el aprendizaje de la primera.

Hasta el momento, la mayor parte de las producciones científicas sobre prostitución consideran de forma separada, por un lado, su dimensión mercantil y comercial, y por el otro, su dimensión asociada a las relaciones de familiaridad entre prostitutas, las relaciones con los clientes, la relación con el propio cuerpo, con sus familias. Ambas aparecen como dos contraplanos de un mismo fenómeno, pero nunca se han pensado yuxtapuestos. De este modo, las relaciones sociales se colocan por fuera de las económicas, en vez de pensar que el dinero puede producir cierto entramado de vínculos sociales. No obstante, es porque existe dinero de por medio que se producen reglas, divisiones, jerarquías, por lo que se funda un orden social en torno a ese uso particular del dinero. En definitiva, buscamos abordar el problema de una forma original, haciendo uso de una sociología del dinero que permita analizar estas carreras de iniciación en la prostitución haciendo un entrecruzamiento entre una teoría del uso del cuerpo como recurso profesional y como fuente de goce simbólico y económico. En Zelizer (2009, 2011) encontramos esa posibilidad de desandar la división entre intercambios monetarios y vínculos sociales (supuestamente no económicos), entendiendo que la presencia de dinero siempre conlleva inherentemente la posibilidad de producir significaciones y posiciones morales, construyendo jerarquías sociales sobre los intercambios legítimos y no legítimos con los otros.

Servicio doméstico y prostitución. Iniciadoras

Siguiendo el argumento central, si el dinero resulta fundamental para describir el ingreso de un grupo de mujeres al mundo de los servicios sexuales pagados, el proceso resulta más complejo si nos proponemos ahondar en la forma en que los conocimientos son enseñados por figuras intermediarias. Efectivamente, los saberes acerca de las prácticas sexuales, el lugar o territorio de trabajo y la presentación de clientes confiables son enseñados por mujeres que actúan como iniciadoras en la construcción de un abanico de opciones en el que la prostitución va a comenzar a volverse un oficio aceptable.

Varias mujeres que hoy ejercen la prostitución, comenzaron a través de la mediación de una amiga o familiar que le presentó alguno de sus más antiguos clientes, hombres con los que habían desarrollado una relación muy cercana. Es el caso de Carla, que en los años ochenta, luego de trabajar en agencias de servicio doméstico, comienza a trabajar en una cooperativa del mismo rubro en Villa del Parque junto con Estela, entre tantas otras mujeres que hoy continúan trabajando en el mismo barrio. Sin embargo, los ingresos que obtenía por esa actividad eran insuficientes para sostener su hogar, por lo que su prima, que era prostituta, decidió presentarle a Juan, un cliente que conocía desde años atrás. Él le preguntó si trabajaba y ella dijo que no, pero la llevó directo a un hotel-alojamiento luego de haber hecho lo mismo con la prima. Después de ese encuentro, veía a Juan con una regularidad de tres veces por semana.

A pesar de haber comenzado a ofrecer servicios sexuales, Carla continuó trabajando en la cooperativa. Los clientes que buscaban una empleada doméstica, entraban en el pequeño local y solicitaban los servicios de una de las empleadas, siempre mujeres. Ellas trabajaban por orden de llegada: quien había llegado antes, era la primera en ir a las casas cuando se requerían servicios domésticos, siempre y cuando aceptara el precio que el cliente quería pagar. El precio era mayor si solicitaban los dos tipos de servicios: domésticos y sexuales, y Carla ya sabía esto, por lo que podía identificar a los clientes que hacían este pedido y recomendarles a sus compañeras que aprovecharan el ingreso extra.

En la dinámica de la agencia, Carla pudo notar cómo los hombres que llegaban en busca de una empleada miraban especialmente a una de sus compañeras, Estela. Es por eso que le sugirió “irse” con uno de ellos. Estela rechazó la sugerencia y dijo que no entendía qué hacían las chicas, que se iban con ellos y volvían un rato después. Como Estela se había separado para los años noventa y tenía que mantener a sus cuatro hijos, Carla insistía en que irse con un hombre la iba a ayudar. Un día decidió salir. La llamó un hombre desde el auto, un pendejo. Se subió y él manejó hasta que se detuvo y le pidió que le hiciera un pete; ella no sabía a qué se refería. Le dijo una francesa, pero siguió sin entender.4 Entonces, el joven estacionó y empezó a masturbarse. Ella estaba nerviosa, no entendía nada. Le dijo que quería bajarse. Eso hizo. Estaba muy asustada. Al igual que su amiga, sólo había mantenido relaciones sexuales con su marido, por lo que pete o francesa no remitían a lo que después se convirtieron en partes del glosario del lenguaje de su oficio.

Lo que había ocurrido en la trayectoria de Carla era el surgimiento de una nueva posibilidad: ganar más dinero a cambio de mantener relaciones sexuales con hombres, pero eso fue posible porque hubo una persona de confianza que la acercó a ese mundo y ella, a su vez, comenzó también a iniciar a otras amigas. Como explica Mendes Losso (2011) la iniciación a este universo puede ocurrir porque la mujer pertenece a una trama social familiarizada con estas prácticas que actúa de guía durante el proceso.

En este camino de acercamiento guiado a la prostitución se comienza a constituir un abanico de opciones de supervivencia que incluyen servicio doméstico y cuidado de ancianos, enfermos y discapacitados, donde la oferta de servicios sexuales aparece como una alternativa viable y redituable. Estas actividades no se practican de forma mutuamente excluyente, sino que pueden hacerse en paralelo para complementar ingresos o, incluso, alternarse a lo largo de la trayectoria personal de cada mujer.

En las boates5 brasileñas que describe Mendes Losso (2011), las actividades fácilmente se superponen, pues la rutina de las prostitutas involucra no sólo realizar “programas6 sino tareas de mantenimiento y limpieza de la casa donde se ejerce. Las trayectorias de las mujeres con las que hemos trabajado muestran un entrelazamiento de las dos actividades bajo otra forma. Su camino es a la inversa, desde el servicio doméstico ingresan a la prostitución y una actividad no implica la otra, como en el caso del trabajo en las boates, sino que se realizan como una opción particular de generación de ingresos. No es que, como en el mundo brasileño descripto por Mendes Losso, las mujeres limpian el lugar de trabajo donde ejercen la prostitución, sino que mujeres que ofrecen servicios domésticos, también ofrecen servicios sexuales. Es así que una de las formas de entrada en el mundo de la prostitución es a través de la prestación de servicios domésticos como un método para conocer clientes y para asegurar un mayor ingreso por cantidad de horas de trabajo que en un principio es doméstico y luego se agrega el sexual. Si bien la relación entre prostitución y servicios domésticos se mantiene a lo largo de gran parte de la vida de varias de estas mujeres, lo hace de diferentes maneras. Luego de un tiempo de realizar la dobleta, los servicios sexuales resultan más redituables, por lo que el servicio doméstico puede abandonarse como la principal fuente de ingresos. Sin embargo, como veremos más adelante, su valoración como trabajo principal no siempre se desdibuja a medida que la prostitución se va convirtiendo en la actividad más atractiva en términos económicos.

La apertura de este abanico de opciones aparece como consecuencia de esta cadena de presentaciones de clientes entre amigas y compañeras. Como vimos, la prima de Carla le presenta a Juan y años más tarde, Carla le presenta a Estela, uno de sus clientes. La presencia de una figura femenina que hace las veces de iniciadora (Mendes Losso, 2011) resulta fundamental para la construcción de la prostitución como estrategia de supervivencia factible, porque la introducción a ese mundo depende de agentes que ya participaban, es decir que conocía y ponía en prácticas las formas apropiadas de comportamiento, siguiendo reglas específicas que permiten la sociabilidad en ese espacio particular.

La figura de la iniciadora es importante porque provee tres tipos de conocimientos. En primer lugar, el conocimiento de las prácticas sexuales y las formas de denominación de cada una de ellas. Cuando Estela vuelve de su primer encuentro con un cliente-el pendejo-, le preguntó a Carla qué era una francesa. Carla le contestó “chuparle…”, continuando la frase con una marcada expresión en su cara que designaba una complicidad pícara en el entendimiento de lo que quería decir. De esta forma, Estela aprende las denominaciones de las prácticas y las formas en que “debe” comportarse con los clientes porque Carla se las señala a medida que las ocasiones se presentan.

La mayoría de las mujeres con las que trabajé tienen una historia sexual que se reduce a sus matrimonios heterosexuales, a los que han llegado muchas veces conservando su virginidad y en los cuales ciertas prácticas sexuales, o todas, no necesitaban ser explicitadas. Es posible que ésta sea una de las razones por las cuales cuando comienzan a ejercer la prostitución como principal fuente de sustento económico, muchas de las pautas y formas de pensar relaciones, posiciones y prácticas sexuales de sus matrimonios y los intercambios sexuales y monetarios con sus maridos continúan aflorando como formas de regulación de las relaciones con los clientes. De esta manera, se generan clasificaciones y categorías acerca de lo que les es familiar o incómodo hacer en los intercambios con ellos (Puglia, 2016).

En segundo lugar, la figura de la iniciadora cumple un rol fundamental en lo que hace a la presentación de los clientes, buscando que éstos cumplan ciertos requisitos fundamentales para volver los intercambios más cómodos y fluidos en los términos en que ellas desean. Se busca que los clientes posean una trayectoria más o menos larga de consumo de prostitución, o como ellas lo denominan: “saber estar con una prostituta”. El “saber estar” implica disminuir los riesgos de aquellas prácticas inesperadas o inusuales en el encuentro con el cliente y la garantía de que no habrá lugar a factores de riesgo, tales como drogas, alcohol o comportamientos violentos que podrían afectar la integridad de estas mujeres.

Luego de la mala experiencia que sufrió Estela en su primer encuentro pagado, Carla le presentó a un cliente que habitualmente recurría a ellas, un “amigo en quien podía confiar”. Pasaron unos días y apareció Osvaldo, Carla se lo “marcó” en la calle y Estela se fue con él. Fueron a un hotel. Era la primera vez que Estela ingresaba a un hotel alojamiento. El hombre entró al baño de la habitación y salió desnudo. Ella estaba asustada, muy nerviosa y lloraba. Él se sentó a su lado y le preguntó si era su primera salida, ella dijo que sí y que sólo había estado con su esposo. Él le dijo que no se hiciera problema, que no iban a hacer nada, que él no iba a hacer nada que ella no quisiera y le dio 40 pesos. Este monto representaba mucho dinero para ella, quien habla de la amabilidad y comprensión del cliente. Según el relato de Estela, mientras estaban en la habitación del hotel, continuaron hablando, él la escuchó y la consoló.7 Le dijo que cuando estuviera lista, lo buscara. “Después me fui acostumbrando”, cuenta.

Es interesante observar el rol que cumple Carla en este proceso de presentaciones. No sólo implicaba introducir a Estela entre los consumidores de prostitución, sino entre aquellos con quienes ella pudiera sentirse, según sus propias palabras, “contenida”. La sensación de contención está directamente relacionada con el hecho de que ellas buscaban que las prácticas sexuales durante los encuentros con los clientes se asemejaran a las que se producían en la cama con sus maridos. Considerando que muchas de ellas sólo habían mantenido relaciones sexuales con sus esposos y que las prácticas sexuales más habituales eran la penetración vaginal y el sexo oral, esas eran las actividades con las se sentían más familiarizadas. Por eso, cualquier actividad por fuera de esas dos, traía consigo incertidumbre, molestias y rechazos. Como afirman Judith y Daniel Walkowitz (1973), no todas las formas de prostitución implican tomar una distancia importante de las costumbres que tradicionalmente mantuvieron estas mujeres hasta ese momento. Por el contrario, muchas veces la elección de la prostitución no constituye una desviación, sino una continuidad respecto de varias prácticas sexuales y de acercamiento a un cuerpo masculino que ya venían sosteniendo desde sus relaciones maritales.

En tercer lugar, de la mano de la presentación de los clientes, se desarrolla también el conocimiento del territorio donde realizar el ejercicio de la actividad. En este primer momento, observamos que el espacio de la cooperativa de servicio doméstico se constituye como forma autorizada por algunas de las mujeres para la entrada al mundo de la prostitución. Más adelante veremos que algo similar ocurre con los barrios, cuadras, esquinas, bancos de plaza donde se instalan las mujeres para ser vistas por los potenciales clientes.

Poder: matrimonio, prostitución e independencia

Una vez iniciado el proceso de enseñanza-aprendizaje del universo, se produce en forma simultánea lo que a continuación describiremos como un desplazamiento de la noción de violencia y de explotación hacia la relación marital, lo que lleva a la separación, y la construcción de la prostitución como un oficio que no sólo puede sostener económicamente a quien la ejerce sino también moralmente a través del orgullo.

Luego de entrar al mundo de la prostitución, Carla se divorció. Al casarse en su juventud, asociaba el matrimonio a una relación de largo plazo o, como muchas veces se escucha en los relatos de estas mujeres, “para toda la vida”. Se trataba de un matrimonio en el que el marido era el principal proveedor del hogar, empleado en trabajos precarios con sueldos modestos que requerían estrategias de complementación luego de unos años en que la escasez se hizo imperante. Primero el servicio doméstico y luego la prostitución se fueron constituyendo en la trayectoria laboral de Carla. En el mismo proceso por el cual ella adquiría mayores ingresos, los de él decrecían. Esta relación inversa se fue acentuando hasta que él dejó de trabajar porque la cantidad de dinero que Carla llevaba al hogar resultaba superior a la que habían obtenido hasta el momento, tanto con el trabajo del marido solo, como con la complementariedad de éste con el servicio doméstico que ejercía ella.

Nunca explicitó en su casa el origen de sus ingresos, aunque asegura que el marido no podía desconocerlo porque “llevaba como 500 o 700 pesos todos los días y él no llevaba nada […] Una doméstica, con suerte, hace 20 la hora, mientras que yo llevaba mucho más a mi casa como prostituta.” Según su relato, él debía saber que ese monto no lo ganaba una “sirvienta”, que había sido su actividad anterior. El lenguaje de su oficio actual le permite decir hoy que tardó muchos años en darse cuenta de que el marido era un cafishio, sustantivo que se utiliza para denominar la figura del proxeneta, es decir, la persona que obtiene un porcentaje de los ingresos de quien ofrece servicios sexuales. Así como utilizan las experiencias matrimoniales para regular las actividades laborales, hay, a su vez, una relectura de su relación matrimonial en los términos que hacen al universo de la prostitución. Lo consideraba un cafishio porque era “vago” y la que trabajaba era ella. Según su narrativa, al principio su marido no era así, sino que cambió con el tiempo, dejó de trabajar mientras ella aumentaba sus contribuciones a la economía del hogar. En los relatos hay una evidente tristeza, el camino hacia la prostitución no había sido lo que había proyectado en su vida junto a su marido, a quien amaba y de quien estaba convencida era el único hombre en su vida. No entendía exactamente qué había pasado ni cómo había llegado a la situación de entonces.

Los estudios históricos de Judith y Daniel Walkowitz (1973) sobre la prostitución inglesa en la época victoriana revelan que no es extraña la noción de la prostitución como una etapa de la vida que eventualmente pasará. De hecho, muchas prostitutas inglesas consideraban que era una actividad de medio tiempo o por temporadas, o bien como una parte de sus vidas temporalmente delimitada (Walkowitz y Walkowitz, 1973). En el horizonte temporal de largo plazo de muchas de estas mujeres, rara vez encontramos a la prostitución como una carrera a realizar hasta el momento de jubilarse o retirarse del mundo laboral; tampoco forma parte de un imaginario acerca de las profesiones u oficios deseados en su niñez, adolescencia y juventud. Ninguna de ellas imaginó el ejercicio de la prostitución como una actividad en la que se encontrara algún grado de realización personal y laboral. Sin embargo, construyendo una genealogía de su ingreso en este mundo, vemos que se comienza a dibujar una “carrera” en prostitución, historizando de esta forma un proceso de aprendizaje y construcción del oficio.

Este oficio era inimaginable en sus horizontes temporales por la valoración negativa y el estigma social que porta (Morcillo, 2012a, 2012b; Justo Von Lurzer, 2006). Aunque el ingreso del servicio doméstico sea menor que el que proviene del ejercicio de la prostitución -razón por lo que este último se vuelve deseable en términos económicos-, las categorías utilizadas portan significados específicos que refieren a una dimensión económica más amplia. “Me quedé sin trabajo”, comenta Sonia en una de nuestras conversaciones colectivas. Cuando ella habla en esos términos, se refiere al servicio doméstico. Cuando se refiere a la prostitución, dice el “extra” o “el otro trabajo que hacemos nosotras”, evitando nombrar la actividad tal y como lo hacen algunas de sus compañeras. La distinción entre su actividad como prostituta y su actividad como empleada doméstica no es sólo de nomenclaturas, sino de significado. “Al haber perdido el trabajo, pierde lo fijo”, me explica una de sus compañeras. Esta estabilidad implícita en el término “fijo” dentro de su imaginario implica la posibilidad más o menos garantizada de pagar los servicios y los impuestos de sus hogares. Las evaluaciones monetarias de las dos actividades no sólo se hacen en términos de rédito económico, sino también en términos de estabilidad de ingresos. Es por esto que, si bien el ejercicio de la prostitución se presenta como una alternativa más atractiva por el nivel de ingresos que reporta, el servicio doméstico puede medirse en términos de estabilidad de ingresos.

Estas trayectorias de entrecruzamientos entre el comienzo del ejercicio de la prostitución y la realización de otro tipo de actividades laborales no resultan únicas, aunque presentan especificidades que se diferencian de otras experiencias. Las mujeres que ejercen la prostitución en espacios privados de forma autónoma o en prostíbulos de Brasil, descriptas por Silvia Beatriz Mendonça (2012), si bien muestran el solapamiento entre actividades de oficina y el comienzo de la utilización de ciertas partes de sus cuerpos, las motivaciones están ligadas al lucro económico rápido como también a un goce simbólico relacionado con las dimensiones de placer sexual y emocional. Como cuenta la investigadora, Morena, una joven que trabajaba en una clínica y utilizaba salas de chat en sus momentos de ocio, conoce a un hombre fascinado por los pies de las mujeres. Luego de aceptar un almuerzo con él, bajo la condición de utilizar un calzado que permitiera mostrar sus pies, comienza a capitalizar estas experiencias como una fuente de ingresos y de diversión personal (Mendoça, 2012).

Este ejemplo pone en relieve no sólo la dimensión material en términos de ingresos que la prostitución representa a las mujeres, sino también un aspecto simbólico, que ha sido trabajado por Russo (2007). Por su lado, las trayectorias que intentamos describir no encuentran una satisfacción de tipo simbólica desde un inicio. La prostitución no se constituye de forma tan rápida en una fuente de dinero y de goce simbólico, entendido como el disfrute de la sensación de independencia experimentada. Sin embargo, resulta útil recuperar la noción de la utilización del sexo como recurso profesional o, como plantea Mendonça (2012), para pagar las cuentas. En una primera instancia, lo que encuentran Carla y Romina en la dobleta no es una oportunidad de goce simbólico asociado a la autonomía y la posibilidad de construir una carrera en prostitución (Fonseca 1996), sino una oportunidad de tipo económica de rédito mayor al obtenido por el servicio doméstico. El testimonio de Sonia, otra de las afiliadas, es claro: “Uno no empezó en esto por placer sino por necesidad de llevar comida a la casa, por eso no se espera esto para los hijos.”

El testimonio de Sonia introduce una dimensión adicional, tal vez la más importante y reveladora de ciertas tensiones y contradicciones en el ejercicio de la prostitución, aún en un contexto de militancia donde la construcción del orgullo en torno al oficio juega un rol muy importante. Si bien se trata de mujeres militantes que deciden tomar la denominación de trabajo sexual autónomo para su actividad en un nivel político-discursivo, lo que les permite apartar las cargas morales negativas asociadas al oficio, ellas movilizan su propio proceso de moralización en un ámbito más cotidiano del discurso, el que hace a las relaciones sociales entre ellas mismas. Es así que nombrar la prostitución como “lo otro” o “lo extra”, pareciera intentar evadir el uso del sujeto en sí mismo (prostitución, trabajo sexual) por un adjetivo calificativo que niega en cierta forma a su sustantivo. En esta doble dimensión discursiva se juegan las tensiones entre una dimensión negativa de la actividad asociada a su inclusión de largo plazo en sus proyectos de vida, y una dimensión positiva relacionada con las posibilidades de ser generadoras de ingresos para las economías de sus hogares.

Esta tensión se juega en dos consideraciones morales que, si bien pueden ser contradictorias, conviven entre sí. Por un lado, ellas moralizan la actividad de forma negativa mostrando que la prestación de servicios sexuales a cambio de dinero no entraba dentro de sus proyecciones de vida. Por otro lado, la posibilidad de constituirse como sustentadoras de sus hogares les permite adquirir un orgullo específico como proveedoras. Notamos que esta tensión se resuelve en las perspectivas imaginadas para sus hijos: cuando Sonia se enteró de que su propia hija también era prostituta, me explicó que “ella [su hija] empezó sola, yo nunca la llevaría. No es que desprestigie el trabajo, pero uno espera ver a su hijo en un laburo más elevado”.

El estudio de Gláucia Russo sobre el dinero y los aspectos simbólicos de la prostitución asocia la noción de autonomía personal a la capacidad de supervivencia y de consumo que comienzan a vivir las prostitutas. Éstas confluyen en la idea de libertad. Pero las nociones de autonomía y libertad aquí no están discutidas teóricamente, sino que son tomadas como indicadores de las capacidades de hacer y de tener que les permite el dinero obtenido a cambio de la prestación de servicios sexuales (Russo, 2007).

Tendríamos que preguntarnos si la autonomía y la libertad son conceptos de carácter esencial o relacional. ¿Es una cuestión de tenerlas o de observar cómo son construidas por los sujetos? Incluso, podríamos preguntarnos con vistas a una investigación futura si el goce sólo está asociado a la obtención de dinero y de una carrera en términos de aprendizaje y construcción de un oficio (Best, 1982; Fonseca, 1996) o si existe un disfrute de tipo sexual y erótico, y cómo se relacionan las nociones teóricas de autonomía y de goce con las nociones nativas.

La garantía de escoger, de tener opciones, de poder comprar y sostener un nivel de vida asociado a eso, no sólo pone en juego la posibilidad de consumo, sino también una dimensión de poder (Russo, 2007).

Del mismo modo que Carla, otra compañera suya, Érica, una mujer joven de unos 40 años que ejerce en un departamento autogestionado, dejó todo, su casa, su auto, “con tal de tener mi libertad”, afirma. Siempre trabajó en otras actividades, pero también siempre quiso tener “su plata”. Cuando estaba casada, trabajaba en un hogar de discapacitados y, paralelamente, prestaba servicios sexuales a clientes particulares. Cuando su marido le pegaba, ella se defendía. Un día, mientras ella planchaba, recibió un cachetazo de su pareja, a lo que respondió poniéndole la plancha caliente en el pecho. “Todavía tiene la cicatriz”, nos comenta entre risas. Si él le pegaba, ella devolvía los golpes, hasta que el hartazgo ganó y se fue de la casa porque “quería mi libertad”. Las historias de violencia física y moral en los hogares conyugales eran frecuentes en las reuniones que mantenían las afiliadas en la CTA de Avenida Independencia. La mayoría había sufrido o sufría algún tipo de violencia con su pareja y, en general, todas se habían separado y habían decidido llevarse a los hijos de la casa que compartían con sus maridos.

Ya separada, Érica, continuó ejerciendo la prostitución y siempre pudo enviar a su hija de vacaciones con su abuela que vive en Tucumán. En un mismo tono, Carmen, una señora de unos 60 años, que siempre recorrió las calles de Flores ofreciendo servicios sexuales, comenta:

No fuimos víctimas de la prostitución, la prostitución fue una elección, le di a mi hijo lo que siempre necesitó: casa, educación, comida. Hoy en día, sostengo a toda mi familia con la esquina […] No me enriquecí con la prostitución, viví de la prostitución. Mi hijo trabaja muy bien gracias a las calles.

Estos relatos entrecruzan las formas que ingresan al mundo de la prostitución con concepciones subjetivas acerca de la maternidad. De algún modo, este entrelazamiento intenta buscar la legitimidad del ejercicio de la prostitución en el sostenimiento económico de los hijos, quienes muestran cierto ascenso socioeconómico respecto de las posiciones detentadas por sus madres: “Por ellos trabajamos, para darles de comer y educación.” Entonces, este discurso funciona en dos niveles. En principio, es un dispositivo que provee las justificaciones para la realización de la actividad, pero los efectos materiales, que resultan en lo que ellas conciben un mejoramiento de la posición social de la que han partido, son indiscutibles para ellas.

“Si sabés laburar y economizar te podés hacer la casa, comer, vivir”, aseguran Estela y Florencia que trabajan en una de las esquinas de la plaza principal de Villa del Parque. Son madre e hija y comparten el espacio de ejercicio. Florencia me cuenta que “acá aprendés a valorizar la crianza de tus hijos”. Cuando ve mujeres golpeando o maltratando a sus hijos o cuando los clientes les cuentan historias del mismo estilo, siente “ganas de llorar, asco y vómito, pero me banco todo por mis hijos”. La efectividad de estos relatos se muestra en la producción de una especie de inversión de la concepción moral de la actividad que, en cierto modo, ellas mismas reproducen. No parecieran desentenderse de los estigmas que, según ellas, las oprimen en el ámbito social. Sin embargo, colocar a la maternidad como uno de los motivos principales para “pararse en una esquina”, pareciera tener un efecto de “limpieza” sobre la actividad. El hecho de “hacerlo por los hijos” es una forma de construir un argumento que las coloca en condiciones de actuar de forma legítima (Figueiro, 2014), de hacer de la prostitución una práctica aceptable.

Las trayectorias de iniciación en el mundo de la prostitución muestran un recorrido del aprendizaje. Efectivamente, sus testimonios revelan la existencia de una serie de reglas, prácticas y nombres precisos que van aprendiendo a medida que van ocupando espacios en las plazas, calles, cooperativas, etcétera. Podemos afirmar que se construye una carrera (Best, 1982; Fonseca, 1996) a partir del hecho de convertir ciertas prácticas y servicios en intercambiables por dinero. Es, también, concomitante a este proceso la construcción de valor en torno a la actividad, lo que les permite volver justificable su ejercicio para sus propias subjetividades. La construcción de valor y de “orgullo de ser prostituta” encuentra dos fuentes: por un lado, la separación con respecto a matrimonios que resultaban económicamente explotadores y físicamente violentos para ellas, gracias a un aumento muy considerable de ingresos por el comienzo de la prestación de servicios sexuales; y por el otro, la capacidad de ser jefas de hogar y de sostener a sus hijos, logrando cierta movilidad social ascendente en ellos. Los discursos en torno a la maternidad proveen esa justificación, construyendo una racionalidad en la que la opción por la prostitución, dentro de un abanico reducido de opciones para mujeres de sectores populares, se vuelve aceptable.

Como explica Sealing Cheng, el proceso por el cual algunas mujeres dejan a sus abusivos maridos a partir del ejercicio de la prostitución, implica para ellas “alcanzar autonomía tanto financiera como corporal para cuidarse a sí misma(s)”8 (2013, p. 248) y a sus hijos.

Conclusiones: dinero y género

Los relatos aquí recabados muestran el ingreso al mundo de la prostitución como un juego de tensiones entre los condicionamientos socioeconómicos propios de mujeres de sectores populares con los procesos de toma de decisiones y las tensiones en las valoraciones sociales y morales que eso implica. Agrietando las concepciones de “vida fácil”, obtención de “dinero fácil” y “víctima”, vemos que existe una forma muy específica de tomar acciones para sortear las dificultades propias de las condiciones sociales y construir una vida particular a partir de la disposición de partes del cuerpo como fuente de ingresos y de goce simbólico asociado a la noción de orgullo.

Si bien la prostitución no formaba parte del imaginario de un futuro ideal de este grupo de mujeres, en el que sí encontramos nociones asociadas al “matrimonio para toda la vida” y la dedicación a la crianza de hijos, comienza a construirse como una opción dentro de un abanico reducido de actividades laborales posibles que no son mutuamente excluyentes, en el que juega un papel fundamental la figura de esa otra mujer que facilita el tránsito de una práctica a otra dentro de un entramado social cercano al mundo de la prostitución. De este modo, la figura de una iniciadora resulta fundamental para la transmisión de las reglas que rigen el campo, que comprende las formas de comportamiento, las formas de nombrar las prácticas sexuales, los clientes adecuados con los cuales salir y un conocimiento del territorio donde operar.

Las carreras de iniciación en prostitución, con sus reglas, personajes y reconfiguración de las relaciones afectivas y familiares, invitan a un diálogo fructífero con investigaciones que también intentan poner en relación los usos y significados del dinero con la producción de valorizaciones y jerarquías de género. Es decir, cuando interrogamos el lugar del dinero en la producción de desigualdades de género. Si el dinero no es socialmente neutral, tampoco lo es en el ámbito del género. El trabajo de Martín Hornes (2016) respecto de lo que denominó la generización del dinero dice que el manejo del mismo en hogares beneficiarios de transferencias monetarias condicionadas por parte del Estado9 funda un orden social en el que la mujer se consagra como administradora del dinero al interior de la casa, mientras que el varón se coloca en el afuera, en las calles, como proveedor. Aquí podemos hacernos la misma pregunta, pero invertir la respuesta, pues cuando estas mujeres comienzan a constituirse como proveedoras del hogar, se produce una fuerte redistribución (y, en algunos casos, inversión) de los lugares sociales de proveedor/a y de los orgullos y valoraciones en torno al ejercicio del propio oficio.

Efectivamente, esta investigación nos habla sobre la forma en que el dinero conlleva una sociabilidad de género particular, rearticulando relaciones entre mujeres y sus maridos. Sin embargo, ¿qué sucede cuando la generización del dinero se produce en relación con una actividad que sufre una intensa condena moral de esa forma de transitar la sexualidad? En el caso particular de las mujeres que ejercen la prostitución se produce una paradoja también fundadora de una sociabilidad específica: el reordenamiento del lugar de proveedor/a entra en fuerte tensión con el estigma social que porta la actividad que funciona como fuente de ingresos del hogar y que es condición para el estatus de proveedoras. La ironía es que el trastocamiento de ciertos lugares sociales asociados al género tiene un precio: el de la condena social. Aquí no nos referimos a la discriminación que, efectivamente, existe hacia las mujeres trabajadoras y sustentadoras de hogar en términos generales, sino una abyección ulterior, pues no sólo son mujeres que trabajan sino que son mujeres que utilizan partes de su cuerpo asociadas a la sexualidad como recursos profesionales.

Es por esta razón que es habitual encontrar que conviven valoraciones contradictorias en relación con la propia actividad como práctica que permite, por un lado, la liberación en términos de goce económico y simbólico, pero que, por otro, es fuente de fuertes juicios morales. Estos juicios resultan tan apremiantes que ellas mismas se encuentran en la eterna paradoja de desplegar mecanismos de apreciación a través de la idea de orgullo de ser proveedoras y de libertad y poder que implica ser capaz de escapar de matrimonios económica, moral y físicamente violentos, y, a la vez, de construir tácticas de legitimación y limpieza del estigma a través de la maternidad para volver aceptable para sí mismas, y hacia afuera, su oficio.

En lugar de “caer” en la prostitución, las mujeres se embarcan en un proceso de apropiación del dinero a través de un aprendizaje más o menos sistemático que se compone de accidentes, violencias y un esfuerzo constante por abrir abanicos de opciones de vida dentro de trayectorias en las que parecerían no existir. Las mujeres hacen un esfuerzo por producir alternativas dentro de condiciones sociales, económicas y de género complejas, lidiando con la reconfiguración de las relaciones de género y redistribuyendo valoraciones y significados en torno a la explotación, la violencia, la autonomía y el poder. Que creamos que esas alternativas son legítimas o ilegítimas poco tiene que ver con una comprensión antropológica del problema que intenta entender al dinero como mecanismo para agrietar estructuras y estructurar agencias alrededor del género.10





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Notas al pie:

1.

fn1Ammar Capital CTA, en general, agrupa a mujeres de sectores socioeconómicos que pueden denominarse bajos y que, normalmente, ejercen la prostitución callejera y, en algunos casos, en departamentos autogestionados. Sin embargo, existen relatos de movilidad social ascendente gracias al ejercicio de la prostitución hacia sectores medio-bajos. Es importante señalar que existen otros tipos de prostitución (denominado VIP, 5 estrellas, en domicilio particular, en prostíbulos, web-camers, mujeres universitarias que buscan costear sus estudios y gastos de consumo), pero no es frecuente que se afilien al sindicato.


2.

fn2La palabra sable es otro modo de denominar al pene, que no sólo es utilizada por este grupo, sino que es de uso extendido en Argentina.


3.

fn3El caso de la ciudad de Buenos Aires no es único. Un estudio sobre prostitución en Oga Pora llevado adelante por el Programa Mujer, Salud y Desarrollo del Ministerio de Salud y Acción Social de la Nación del año 1988 muestra que la ocupación anterior de la enorme mayoría de las mujeres prostitutas entrevistadas había sido el servicio doméstico en casas de familia. No obstante, no se puede afirmar que sea la única trayectoria posible (ya que existen otro tipo de actividades), sino la más habitual entre las mujeres que participaron de esta investigación.


4.

fn4Pete y francesa son palabras del lunfardo para denominar el sexo oral.


5.

fn5Clubes nocturnos en los que también se ejerce la prostitución.


6.

fn6“La expresión ‘programa’ designa la unidad elemental de la actividad de la prostituta, funcionando como medida de su trabajo en las calles y de los lucros que recibe considerando ciertos contratos y acuerdos previos sobre la modalidad de prestaciones de servicios disponibles a sus clientes” (Mendes Losso, 2011, p. 136).


7.

fn7Es importante señalar que este recuerdo evidencia sólo una de las formas que puede tomar un primer encuentro y que su protagonista ha idealizado con el pasar del tiempo. Como muestra el caso de las mujeres que ingresan a este mundo a través de la dobleta, estos aprendizajes también pueden entrañar dimensiones violentas por la incertidumbre y por los riesgos físicos que pueden conllevar.


8.

fn8Texto original en inglés. Traducción propia.


9.

fn9Es el caso de la Asignación Universal por Hijo en Argentina. Se trata de la transferencia de dinero por parte del Estado a los hogares que cumplen ciertas condiciones de pobreza, educación y salud.


10.

fn10Este artículo se nutrió fuertemente de las lecturas de Pablo Figueiro y Martín Hornes, a quienes agradezco mucho los comentarios.


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Revista Interdisciplinaria de Estudios de Género de El Colegio de México, Volumen 2, Número 4, julio de 2016 - diciembre de 2016. Ésta es una publicación semestral electrónica de difusión gratuita editada por El Colegio de México, Carretera Picacho Ajusto 20, Ampliación Fuentes del Pedregal, Tlalpan. C.P. 14110, Ciudad de México. Contacto: estudiosdegenero@colmex.mx. Editor responsable: Karine Tinat. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo 04-2015-020309454400-203, de fecha 3 de febrero de 2015, ISSN 2395-9185, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Departamento encargado de la última modificación: Programa Interdisciplinario de Estudios de la Mujer. Responsable de la última actualización: Juan Manuel Villalobos. Fecha de la última modificación: 14 de diciembre de 2016. La revista no asume la responsabilidad por las opiniones expresadas en los textos firmados, que son responsabilidad, única y exclusiva, de los autores.
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