Del antipatriarcado al feminismo: derivas del ethos militante en un movimiento social de la Argentina (2004-2015)

Francisco Longa*

CONICET, Universidad Nacional de La Plata, La Plata, Argentina, email: francisco_longa@yahoo.com.ar

* Francisco Longa es becario doctoral del Concejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), con sede en el Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales (IDIHCS) de la ciudad de La Plata, Provincia de Buenos Aires, Argentina. Es licenciado en ciencia política y magíster en investigación en ciencias sociales por la Universidad de Buenos Aires. Es, también, candidato a doctor en ciencias sociales por la Universidad de Buenos Aires, con tesis en evaluación. Sus áreas de interés son el estudio de los movimientos sociales, las perspectivas de género y las relaciones entre movimientos, Estados y gobiernos en América Latina. Sus artículos más recientes son (2016) “¿Peronistas y/o kirchneristas? Las intersecciones ideológicas del Movimiento Evita”, en Sociodebate Revista de Ciencias Sociales, núm 4, y (2013), “Los movimientos populares ante el Estado en América Latina: integración, poder popular e izquierda independiente (el caso de Argentina)”, en Demokratik Modernite, Estambul, Turquía, año 2, núm. 4 (artículo publicado en turco bajo el título: “Latin Amerika’nın Bugünkü Durumundan Önceki Halk Hareketleri”).


Resumen:

El presente artículo se ocupa de observar el recorrido de la cuestión de género en un movimiento social contemporáneo en Argentina, a partir de las tendencias prefigurativas o pragmáticas que muestran los ethos militantes. Se trabajó para ello con entrevistas en profundidad, observaciones de campo y análisis de los documentos producidos por el Frente Popular Darío Santillán (FPDS). Los resultados de este trabajo permiten corroborar la presencia de un ethos prefigurativo relativo a la cuestión de género en este movimiento, al tiempo que ayudan a relativizar las divisiones tajantes entre los “viejos” y los “nuevos”’ modelos de militancia, encontrando continuidades y rupturas entre ellos. Estos resultados se enmarcan en las conclusiones generales de mi estudio de maestría del año 2013.

Recibido: 06-2016; Aceptado: 09-2016

Revista interdisciplinaria de estudios de género de El Colegio de México, 2017

Palabras clave: ethos militante, cuestión de género, Argentina, movimientos sociales.
Key words: militant ethos, gender issue, Argentina, social movements.

El ethos militante y sus dimensiones

En la actualidad el uso más difundido del término ethos está asociado al campo de la lingüística, más precisamente a los enfoques identitarios dentro del área de la retórica. Para Amossy la categoría de ethos “muestra la forma en que el sujeto que habla construye su identidad integrándose a un espacio estructurado que le asigna su lugar y su papel” (Amossy, 2010, p. 38). Este espacio, a su vez, estaría “estructurado por condicionamientos socio institucionales y por una configuración ideológica” (Bettendorff, 2011, p. 7). Pero los debates generales en torno a la utilización del concepto de ethos han proliferado de modo tal, que excedieron con creces al campo de la lingüística.

En lo que respecta a su uso para los movimientos sociales de América Latina, Carlos Walter Porto Gonçalves identifica el ethos “como conjunto de valores que conforman la identidad” (Porto Gonçalves, 2004, p. 51). En una línea similar, fue Maristella Svampa quien sustentó la emergencia de un nuevo ethos militante desde mediados de la década de 1990 en América Latina, y que se expresó en las figuras del militante territorial y del activista medioambiental (Svampa, 2010). Más recientemente, y en el plano local, Ana Soledad Montero viene desarrollando una intensa labor investigativa desde el concepto de ethos en general y de ethos militante en particular. Su perspectiva, que combina análisis del discurso con análisis político y sociológico, se focalizó en principio en el análisis semántico y argumentativo de los ethos discursivos de algunos presidentes de la región (Montero, 2015). Pero la autora afirma también que “la noción de ethos no se agota en su aspecto enunciativo o argumentativo. Esa categoría comporta también [...] una dimensión fuertemente actitudinal, valorativa o motivacional” (Montero, 2012, p. 225); es por ello que relaciona el ethos con los valores, las creencias y las ideologías.

Si se toma entonces el perfil ligado a los valores, creencias e ideologías que Montero sugería, y se lo relaciona con la propuesta de Svampa, se alcanza a componer un marco adecuado desde el cual definir el ethos militante para la actualidad, en la medida que este concepto alude a “un conjunto de orientaciones políticas e ideológicas que se expresan a través de diferentes modelos de militancia” (2010, p. 41).

Desde dicho punto de partida, mi trabajo de maestría buscó comprender las formas de articulación de diversos ethos militantes en un movimiento social de la actualidad. Para ello, y en función del trabajo de campo exploratorio, se identificaron tres grandes ethos militantes que aún hoy coexisten en la unidad de estudio referida: el ethos de la década de 1970, el ethos de la década de 1980 y el ethos de la década del 2000.

Pero para que el abordaje del activismo en movimientos sociales a partir del concepto de ethos militante no reproduzca versiones esquemáticas o cerradas, es necesario remarcar un punto que, de carácter metodológico, no deja de tener implicancias epistemológicas respecto de la propia construcción del objeto de estudio; me refiero a comprender a los ethos en un sentido analítico. Para ello, huelga escapar de los análisis reduccionistas que homologan un tipo de práctica a un ethos, como si éstos fueran bloques monolíticos sin matices en su interior.

Es por ello que resulta fundamental recuperar las sugerencias de Max Weber, para quien sus propias categorías no se daban en forma pura en la realidad histórica: “estamos lejos de creer que la realidad histórica total se deje ‘apresar’ en el esquema de conceptos que vamos a desarrollar” (Weber, 1992, p. 173); en tal sentido, el ethos redobla su utilidad en medida que sea pensado al estilo de las categorías analíticas weberianas. En la misma línea se inscriben las advertencias de algunos trabajos con movimientos sociales desde el campo de la antropología social, las cuales señalan que “mientras nosotros hacemos tipologías, en el mundo social todo aparece mezclado” (Quirós, 2008, p. 126). Estas limitaciones de las tipologías, no obstante, no restan productividad a las mismas. Esto es así en la medida en que se reconozca que de lo que se trata entonces es de identificar en forma analítica la existencia de ethos militantes paradigmáticos para la militancia en su conjunto. En tal sentido no se sugiere que todo el arco militante de una década se englobe en un único ethos militante. Hablar del ethos militante setentista en Argentina implica entonces considerar que esa caracterización responde al modelo hegemónico de la militancia de izquierda en la década de 1970 en el país, a la vez que supone que existieron formas alternativas de practicar la militancia en dicho período, con otras características. Esto mismo debe aplicarse en cada ethos confeccionado.

En función de abordar empíricamente al movimiento desde el enfoque analítico mencionado, se ha operacionalizado la unidad de análisis “ethos militante”, a partir de lo surgido en un primer trabajo de campo exploratorio con el movimiento estudiado. Allí se identificaron los nudos de tensión más importantes que tanto la literatura académica como los propios/as militantes, identificaban entre la “vieja” y la “nueva” militancia. Producto de este trabajo exploratorio fueron delimitadas cuatro variables centrales: la orientación estratégica, la toma de decisiones, el perfil táctico y el capital militante. En lo que sigue de este artículo, se describen los contornos de la variable “perfil táctico”, en función del análisis de la cuestión de género en el movimiento estudiado, y en relación con las tendencias pragmáticas o prefigurativas que dicho perfil puede asumir.

El perfil táctico: pragmatismo o prefiguración

Una de las tensiones centrales en lo que refiere a la caracterización de los ethos militantes se observa entre las orientaciones y sentidos pragmáticos o prefigurativos de la acción colectiva cotidiana. Varios autores acuerdan en destacar como uno de los rasgos básicos de los nuevos movimientos sociales, las orientaciones estratégicas basadas en la política prefigurativa, que consistiría en una práctica cotidiana anclada en valores igualitarios y democráticos, que buscan replicar en el presente el horizonte de sociedad que se pretende alcanzar, construyendo una relación estrecha entre medios y fines (Esteva, 2006). Con ello, este modelo de militancia buscaría distanciarse de los formatos clásicos de la militancia, que se asocian a una política pragmática, donde se recrearía una relación asimétrica entre medios y fines, en la cual los fines se imponen frente a los medios.

Tal como lo sugiere Dussel (2000) en su estudio entre proyectos políticos y orden establecido, la constitución como sujetos políticos de los militantes partidarios aparece íntimamente ligada a la lógica institucional y pragmática de la política. Anclados en esta visión, según Zibechi, los métodos de lucha y de organización interna debían ser lo suficientemente adaptables y maleables para lograr el fin deseado: “en la concepción tradicional, entre fines y medios se establece una relación instrumental. El objetivo final (la toma del poder) ordena y marca la pauta. En consecuencia, las formas de lucha se subordinan a la táctica y la estrategia” (Zibechi, 2004, p. 13).

En lo que refiere a los modos de activismo en la militancia setentista en Argentina, se ha señalado que éstos mostraron una marcada tendencia hacia el pragmatismo. Gillespie, quien ha producido uno de los estudios más destacados sobre Montoneros, la principal organización político militar argentina de la época, señaló: “su pragmatismo era a menudo su fuerza, (...) facilitando la flexibilidad táctica y la realización de alianzas políticas” (Gillespie, 1987, p. 99). La Juventud Trabajadora Peronista, nucleamiento de trabajadores ligados a Montoneros que tuvo su auge entre 1973 y 1975, también fue señalada como una organización pragmática por Vittor (2011); por su parte, Weizs (2003) identificó el contenido también pragmático de las orientaciones del Partido Revolucionario de los Trabajadores.

Como contrapartida, se ha sostenido que los cambios que trajo aparejado el nuevo ethos militante que Svampa identificó, implicaron perfiles tácticos que apuntaban a la construcción de una nueva subjetividad donde fuera estrecho el margen entre medios y fines, evitando colocar la transformación de la sociedad solamente en instancias sujetas a situaciones históricas a posteriori. Por el contrario, una práctica militante prefigurativa se propondría reconstruir en el aquí y el ahora un tipo de sujeto solidario, democrático e igualitario, que represente los valores de la nueva sociedad a la que se pretende alcanzar, dando cuenta “en lo cotidiano de estos nuevos mundos que se proponen construir” (Wahren, 2009, p. 27). Según Miguel Mazzeo, “el carácter prefigurativo tiene que ver con una decisión política y una labor consciente” (Mazzeo, 2007, p. 2). Así, los movimientos sociales surgidos al calor de la lucha contra el modelo neoliberal en el país, podrían lograr -a través de la prefiguración- la puesta en marcha de una suerte de comunismo en el acto (Mazzeo, 2005).

Nuevamente como contrapunto con aquel perfil táctico prefigurativo, y ante la relegitimación de las instituciones estatales y de los partidos políticos como vías válidas para la transformación social operada en el país desde la década de 2010 (Vázquez, Rocca Rivarola y Cozachcow, 2016), principalmente desde la llegada de Néstor Kirchner a la presidencia en 2003, varios estudios acerca del activismo resaltan la reaparición de lógicas pragmáticas, ligadas al tipo de militancia partidaria (Cruz Portugal, 2015). Ese pragmatismo ideológico y la flexibilidad, son destacados actualmente como característicos también de los nuevos partidos de derecha en Argentina (Vommaro y Morresi, 2015). En este recorrido, queda planteada entonces la tensión principal en la cual se dirime el perfil táctico de un ethos militante, es decir la tensión entre el pragmatismo y la prefiguración.

En el siguiente apartado presentamos un análisis del “perfil táctico” del ethos militante, a partir de la atención a las formas prefigurativas en que se configuraron las relaciones de género en el Frente Popular Darío Santillán (FPDS), entre 2004 y 2015. Dicho análisis partió de observar la presencia de debates y definiciones en torno a contenidos conceptuales que problematizan la cuestión de género, tales como el antipatriarcado, el patriarcado y/o el feminismo.

Este abordaje fue definido metodológicamente desde el análisis de los materiales escritos de la unidad de estudio elegida, desde la observación no participante en diversas actividades como movilizaciones, talleres de formación, plenarios de debate, así como desde las entrevistas en profundidad realizadas a militantes de diversos géneros. El análisis empírico se realiza en diálogo con las referencias, en línea con la relación histórica entre producción académica y producción política, es decir entre movimientos y teorías feministas, que según algunas autoras (Guzmán, 1994; Maffia, 2006) caracterizó el desarrollo de la cuestión de género.

Algunas líneas conceptuales: las tres olas del feminismo

En términos generales, la teoría social ha caracterizado el desarrollo del feminismo a partir de tres grandes olas o momentos históricos (De Barbieri, 2004). La llamada primera ola del feminismo, que abarca desde principios del siglo XIX hasta mediados del siglo XX, mostró un escenario donde las reivindicaciones de las mujeres se orientaron principalmente a luchas por su inclusión en el campo de los derechos sociales de los que ya gozaban los hombres. Así, proliferaron las organizaciones de mujeres sufragistas que luchaban por el voto femenino y las organizaciones anarquistas que demandaban derechos sociales para las mujeres (Maffia, 2006).

Durante el siglo XX, a partir de los desarrollos de Simone de Beauvoir, la perspectiva feminista comienza a dar un vuelco, cuando en su clásica obra El segundo sexo, publicada en Francia en 1949, propone desde una perspectiva cultural un nuevo enfoque para la categoría de mujer. Beauvoir sostiene allí la alteridad cultural absoluta de la mujer respecto del varón, a la vez que defiende la tesis de que no se nace mujer, sino que se llega a ser (Beauvoir, 1987 [1949]). A partir de este renovado enfoque, una serie de desarrollos feministas posteriores darán cuerpo a la llamada segunda ola del feminismo que tendrá lugar principalmente desde la segunda mitad del siglo XX. En ese marco, los trabajos que intentan conceptualizar cómo se opera el pasaje del sexo al género, proliferarán (Scott, 1996).

Desde esa perspectiva, que entiende al sexo como socialmente construido, Rubin ha definido al género como “el conjunto de disposiciones por el que una sociedad transforma la sexualidad biológica en productos de la actividad humana y en el que se satisfacen esas necesidades humanas transformadas” (Rubin, 1986, p. 30). Así, en este trabajo consideraremos que los géneros y los sexos son un conjunto de valores elaborados en un contexto histórico a partir de una diferencia fisiológica. Esta diferencia, lejos de ser neutral, trasunta a su vez desequilibrios de poder entre los sexos y se suma a otras formas de las jerarquías sociales (De Barbieri, 1992). Sin embargo, a pesar de las relaciones que pueden establecerse entre otras violencias, la violencia contra las mujeres presenta, por ejemplo, características diferenciales. De Miguel Álvarez señala que una de las características específicas de la desigualdad de género radica en la base de legitimación que la sustenta: “esta legitimación procede de la conceptualización de las mujeres como inferiores y como propiedades de los varones” (De Miguel Álvarez, 2005, p. 235).

Como se vio, estas tensiones y relaciones de poder desiguales entre varones y mujeres fueron abordadas en numerosos estudios sobre género, pero será a partir de mediados de los años setenta que los enfoques sobre la cuestión de género ingresan al ámbito académico con perfil propio; en dicha década se produjo “el despegue y consolidación académica de los llamados estudios feministas, estudios de la mujer y, cada día más, estudios de género” (De Miguel Álvarez, 2005, p. 243).

Hacia finales de la década de 1970 una serie de producciones académicas, por un lado, y de luchas políticas feministas, por el otro, irán configurando una nueva ola llamada comúnmente el feminismo crítico o radical (Puleo, 1994). Esta tercera ola, al calor de los debates que instalaron las perspectivas posmodernas sobre la dilución de las identidades clásicas de la modernidad (Bauman, 2005), comenzará a cuestionar fuertemente los esquemas binarios en la perspectiva feminista, que intentaban conceptualizar las diversas dominaciones a partir del par indisoluble varón-mujer:

las identidades van a estallar, van a surgir la pluralidad de consideraciones con respecto a las identidades. Esto no solo abarcará a las identidades de los géneros, sino a muchas otras identidades. Toda esta emergencia de los múltiples géneros, que en la actualidad todavía estamos procesando, tiene que ver con la ruptura de las dicotomías. Por ejemplo con respecto a las categorías femenino-masculino (Maffia, 2006, p. 9).

Algunas de las autoras que harán sus mayores contribuciones en esta etapa del feminismo serán sin duda Judith Butler (1998 [en coautoría con Lourties]; 2001), Nancy Fraser (1991; 1995) y Seyla Banhabib (1990; 1994).

Hacia finales de la década de 1970, principalmente en México, una serie de experiencias de asociaciones y colectivos de mujeres fueron dando nacimiento a lo que se conoce en la actualidad como feminismo popular (Cano, 1996; Lamas, 2000). Intentando marcar una diferencia con la acción direccional hacia los sectores populares que un conjunto de organizaciones empieza a criticar en los partidos políticos y movimientos tradicionales de la izquierda en México, las militantes y organizaciones que comienzan a dar cuerpo al feminismo popular buscaron promover la reflexión y los encuentros entre mujeres de sectores populares, a la vez que introducir la reflexión feminista en el ámbito académico (Lamas, 2000).

A partir de una serie de encuentros nacionales donde confluyeron trabajadoras, campesinas y militantes de izquierda provenientes de las clases medias: “este proceso se caracterizó por el intento de vincular las demandas feministas perfiladas en la década anterior con las demandas particulares de mujeres de diversos sectores” (Cano, 1996, p. 357). Así, demandas históricas de la clase trabajadora, demandas específicas previas del movimiento de mujeres y nuevas demandas de género, fueron tratadas en forma yuxtapuesta en estos encuentros. Esta coexistencia de demandas ha sido trabajada por Massolo (1992), quien profundizó en la relación entre demandas de clase y demandas de género en el marco de la corriente del feminismo popular; relativo a la base empírica de esta investigación, Di Marco identificó: “la aparición de un feminismo popular conformado por mujeres piqueteras, obreras de empresas recuperadas, madres que luchaban contra la represión policial; ellas encontraron su canal de expresión en los Encuentros Nacionales de Mujeres” (2009, p. 51). La relación entre el feminismo popular y los Encuentros de Mujeres es significativa toda vez que, como se verá más adelante, en el movimiento estudiado estos encuentros ocupan un lugar central.

El concepto de patriarcado en las corrientes feministas

A partir de la década del setenta y entrados los años ochenta, la corriente teórica del feminismo radical que describimos brindará un marco conceptual estructural desde el cual explicar el sentido y el alcance de la opresión hacia las mujeres. Desde allí se elaboró el concepto de patriarcado, que fue un puntal clave para explicitar “la existencia de un sistema de dominación basado en el sexo-género e independiente de otros sistemas de dominación” (De Miguel Álvarez, 2005, p. 238).

El concepto de patriarcado será una construcción conceptual fundamental a partir de la cual el movimiento feminista y los movimientos sociales en general analizarán las opresiones y los desafíos del cambio social. Hablar de un sistema patriarcal, como antecesor incluso del capitalismo, presentó ante la sociedad el desafío de una transformación “no sólo relacionada con la desigualdad en la esfera de lo público, sino muy fundamentalmente con las prácticas que tienen lugar en la esfera de lo privado” (De Miguel Álvarez, 2005, p. 238).

Como se ha trabajado en el mencionado estudio de maestría, el perfil táctico que hegemonizó al ethos de los setenta en Argentina fue característicamente pragmático y teleológico (Longa, 2013). En el caso de las relaciones de género, ese perfil táctico teleológico colocó a la opresión entre hombres y mujeres como una contradicción secundaria para las organizaciones de izquierda, contradicción que, en todo caso, se resolvería una vez cristalizado el proceso revolucionario y superada la contradicción fundamental de la sociedad capitalista entre capital y trabajo. De esta forma lo ilustra Corina, militante de la generación del setenta y hoy referente del FPDS: “en nuestra época toda la cosa del género no formaba parte ni del imaginario” (Corina [ethos 1970]).

Así, mientras las corrientes feministas se consolidaban en la academia y en los movimientos sociales de los países centrales, las organizaciones de izquierda locales omiten o incorporan apenas en forma marginal la cuestión de género (Guzmán, 2011). A pesar de ello, huelga destacar que durante los setenta las reivindicaciones de género encontraron importantes canales orgánicos de expresión, si bien no en partidos políticos o sindicatos, sí en el movimiento feminista que tuvo importante desarrollo político en el país (Trebisacce, 2010; Oberti, 2015). Entre 1970 y 1976, existieron una serie de organizaciones y movimientos tales como la Unión Feminista Argentina (UFA), el Movimiento de Liberación Feminista (MLF) y el Movimiento Feminista Popular (MOFEP), entre otros (Cano, 1982). De hecho, muchas mujeres feministas debieron exiliarse o pasar a la clandestinidad tras el golpe militar de 1976 (Tarducci y Rifkin, 2010). Ahora bien, como observamos, las reivindicaciones de género quedaron en los años setenta asociadas directamente, por no decir únicamente, a las organizaciones y movimientos específicamente de mujeres. Estas organizaciones, colectivos y movimientos de liberación femeninos se encontraban integrados casi de manera exclusiva por mujeres y, como organizaciones, anclaban sus reivindicaciones casi en forma total en la cuestión de género. Por el contrario, las organizaciones armadas clasistas, partidarias y/o sindicales fueron reticentes a incorporar la demanda de género, lo cual implicaba también repensar en su interior la configuración desigual de poderes entre varones y mujeres.

Entradas las décadas de 1980 y 1990 se multiplicaron las organizaciones de mujeres, ligadas principalmente a la reivindicación de derechos. Estas organizaciones, que comenzaban a trabajar, por un lado, desde lo emocional con un conjunto amplio de mujeres y, por el otro, desde las actividades contenciosas frente a las autoridades por el reconocimiento de los derechos femeninos, fueron de hecho consideradas como organizaciones paradigmáticas de los llamados “nuevos movimientos sociales” locales, en la década de 1980 (Jelin, 1989).

Pero lo más interesante para el enfoque que aquí se propone, es que en estas décadas no solamente afloraron más organizaciones de mujeres, sino que las organizaciones tradicionales (como partidos políticos y sindicatos) sumadas a los movimientos sociales emergentes, comenzaron a incluir demandas de género en forma transversal, superando la segmentación a la que había quedado confinada la lucha de las mujeres en las décadas anteriores. Así, por ejemplo, “en las décadas de los ‘80 y los primeros años de los noventa fueron tiempos en que surgieron algunos espacios de mujeres en el movimiento sindical” (Chejter y Laudano, 2002, p. 5).

Este proceso es corroborado por militantes de los ethos setentistas y ochentistas del FPDS, quienes resaltaron en más de una oportunidad que la “transformación” respecto a cómo eran vistas las desigualdades de género en su militancia, se dio precisamente en ese segmento temporal que va desde el retorno a la democracia al auge del neoliberalismo:

en la década de los ‘80 cuando vienen las compañeras exiliadas, de México fundamentalmente... imaginate 75-85 fueron los diez años de las mujeres, nosotros vivimos en un oscurantismo total entre el 75 y el 85. Porque cuando vienen las compañeras y plantean este debate... yo tardé años en darme cuenta que el patriarcado existía y como me jodía mi vida militante y personal... años tardé (Corina [ethos 1970]).

En una cartilla elaborada por el Espacio de Mujeres del FPDS, también se da cuenta de esa transformación generacional: “en los ‘70 las mujeres salieron del lugar privado cuestionando y visibilizando al conjunto de la sociedad la doble explotación de la mujer (adentro y afuera de la casa)”.1 Esa tensión que planteaban las mujeres militantes en los ‘70, comenzó a atravesar fuertemente las subjetividades políticas al interior de las organizaciones de finales de los ochenta y principios de los noventa.

Mujeres y movimiento piquetero en el contexto neoliberal

Fue justamente entrada la década de 1990, a partir de la descomposición social que sobrevino al auge del neoliberalismo, con la pérdida de los marcos regulatorios que las estructuras formales de empleo brindaban (Svampa, 2005), y con la consiguiente reconfiguración de la militancia a partir de actividades sociales como merenderos, toma de tierras, comedores y ollas populares, que asistimos a una nueva relación entre mujer y política. En este marco, presenciaremos un elevado protagonismo de las mujeres en las organizaciones de desocupados que comenzarán a poblar la geografía nacional hacia finales de la década de 1990. Así, “la presencia femenina en el conjunto de estas formas urbanas de organización es, más que mayoritaria, decisiva, pues no se trata solamente de una participación cuantitativamente importante de mujeres, sino de una real gestión organizativa que descansa cotidianamente en una fuerza de trabajo femenino” (Hardy, 1986, p. 68).

Algunas de las características de la presencia femenina en la práctica de este tipo de organizaciones han sido trabajadas por Massollo (2005); entre ellas, la autora hace foco en el tipo de tareas a las que tempranamente quedan confinadas las mujeres cuando “se proyecta su rol doméstico sobre el espacio público [...] la participación de las mujeres se concentra en cuestiones y tareas relativas a las necesidades básicas de la familia y la comunidad” (Massollo, 2005, p. 2).

Este fenómeno encontrará más adelante en los aportes de Cross y Partenio (2004) y de Vaggione y Avalle (2007), herramientas clave para analizar el rol de las mujeres en diversos movimientos piqueteros. Las tensiones de género que aparecen a la hora de la constitución de los liderazgos al interior de las organizaciones, a partir de un estudio de caso de cuatro organizaciones piqueteras, fue presentado por Cross y Freytes Frey (2007). Allí indagan en la diferencia entre referentes y dirigentes, a partir de la división sexual de las tareas al interior de las unidades de estudio elegidas, una de las cuales refiere al FPDS. Más tarde el trabajo mencionado de Partenio (2008) profundizó el abordaje del Espacio de Mujeres del Frente Darío Santillán, en lo que constituye un aporte sumamente relevante para mi enfoque. Una mirada similar pero dedicada a analizar los sentidos de la politización de género que atraviesan las trayectorias de las mujeres que participan del Espacio de Mujeres del FPDS, fue presentada más tarde por Espinosa (2011). Por su parte, Longo (2012) abordó las representaciones sociales de mujeres que participan en movimientos sociales del país, tomando como uno de los casos de estudio al FPDS. Recientemente, y a pesar del avance conceptual revisado más arriba, se ha puesto foco en la dificultad empírica que tienen las mujeres para hacer una “lectura de género” de su militancia, por encima de la lectura de clase que tienen incorporada en los movimientos piqueteros (Varela, 2012). Más recientemente, el estudio de Tabbush y Caminotti (2015) sobre una organización argentina paradigmática de la lucha antineoliberal, la Tupac Amaru, muestra como dentro de un mismo movimiento pueden coexistir diversas formas de entender las consignas de género. Esta coexistencia se da, en la Tupac Amaru, al tiempo que se eluden determinadas demandas de autonomía ligadas a las reivindicaciones históricas del movimiento de mujeres (Tabbush y Caminotti, 2015, pp. 164-165), lo cual muestra un movimiento heterogéneo y complejo al momento de integrar los desafíos feministas.

La cuestión de género en el FPDS: hacia la definición de antipatriarcado

Nosotras entendemos que en la construcción
del poder popular para el cambio social desde ahora,
para ser mejores personas, necesitamos de varones,
mujeres y otras identidades sexuales
anticapitalistas y antipatriarcales.
  —Cartilla del Área de Género (FPDS).

En lo que refiere a mi unidad de estudio, las definiciones del FPDS en relación con la cuestión de género han ido modificándose a lo largo de su desarrollo como movimiento. Por un lado, el Frente nace a partir de un conjunto de organizaciones previas que estaban agrupadas en la Coordinadora de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón (CTD-AV). Fue hacia finales de 2003 que, luego de participar en un Encuentro Nacional de Mujeres2 en la ciudad de Rosario, un conjunto de mujeres que eran miembros de la CTD-AV, impulsaron la primera Asamblea de Mujeres (Partenio, 2008). Es decir que el espacio de mujeres como tal es previo a la conformación del Frente, pero será luego de sus primeras acciones como Espacio de Mujeres del Frente Darío Santillán que comenzará a ganar legitimidad y referencia tanto al interior de la organización como hacia el resto de las organizaciones del país. A partir de allí, la participación del espacio en los Encuentros Nacionales de Mujeres cada año, y sus aportes a las discusiones de género respecto de los temas de agenda nacional, fueron marcando un vector importante en la discusión estratégica del FPDS.

Esa legitimidad es vista por varios militantes como un signo de cambio respecto de cómo era vista la iniciativa de las mujeres en la CTD-AV: “todo lo que era el espacio de la mujer, por ejemplo, se armó por una iniciativa de compañeras, yo me acuerdo los quilombos que tuvimos con La Verón porque las mujeres se reunían en el puente, y era porque a Daffunchio3 no lo habían consultado” (Guillermo [ethos 1970]); este militante del FPDS destaca que en La Verón les “prohibían a las compañeras ir al encuentro de mujeres” (Guillermo [ethos 1970]). Como se ve, la participación en los Encuentros Nacionales de Mujeres es un rasgo distintivo de la militancia del FPDS; esto, que no se daba en La Verón o se daba en forma traumática, es visto en el Frente como una posibilidad no solamente de empoderamiento de las mujeres, sino también de mejoramiento en cuanto a la perspectiva de género en los varones: “las compañeras que fuimos juntándonos, que sostenemos, que todavía sostienen el Encuentro de Mujeres, tienen esa idea de que el compañero aprenda lo mismo que nosotras” (Espinosa, 2008, p. 7).

No obstante, y para no homologar estos testimonios a una aceptación directa y plena de algunas reivindicaciones de género, es interesante destacar que en los albores del movimiento la cuestión de género no aparecía como parte de sus definiciones políticas generales: “las organizaciones que conformamos este espacio nos definimos como antiimperialistas y anticapitalistas y somos independientes del Estado, de las iglesias, de los sindicatos y de los partidos políticos” (FPDS, 2004, s/p). Como se observa, el movimiento se definía como anticapitalista y antiimperialista, pero no aparecían definiciones relativas a las demandas de género; con el correr de la práctica militante y con el desarrollo de lo que consideramos un perfil táctico prefigurativo de la militancia, esta situación irá modificándose.

El primer paso dado en este sentido tuvo lugar en el año 2007, es decir, tres años luego de la conformación del movimiento, en el cual el FPDS pasó a definirse también como un movimiento antipatriarcal. Según varios/as entrevistados/as, esto fue producto del debate en un plenario nacional, y se logró con base en la gran legitimidad que había alcanzado Espacio de Mujeres del FPDS, que dinamizaba campamentos de formación, publicaba cartillas con contenidos de género, etcétera (Longa, 2013). Como se muestra en los testimonios de dos militantes varones del Frente: “que este tema se esté discutiendo en el Plenario Nacional del Frente... expresa... la potencia y la fuerza... de un espacio colectivo de compañeras que vienen trabajando hace mucho tiempo... y se expresa de esta forma y esta es su manifestación” (Partenio, 2008, p. 25). Otro militante señala que el debate acerca de la definición del antipatriarcado: “fue un fuerte impulso de parte de compañeras que venían militando los Espacios de Mujeres, tanto al interior de los Movimientos de Trabajadores Desocupados en los años de mayor movilización, como en los Encuentros Nacionales de Mujeres, desde una perspectiva feminista” (Pablo [ethos 1980]).

Esa definición implicó una transformación cabal en el andar político de la organización, como surge de uno de los materiales de difusión que tiene la organización:

en el plenario de Mar del Plata, donde asumimos como FPDS el antipatriarcado, surgió con fuerza la posibilidad y la necesidad de comenzar hacer talleres mixtos de debates y reflexión [...] nuestras construcciones teóricas surgidas desde las prácticas y el reconocimiento de la historia de luchas de los movimientos de mujeres y feministas en nuestro país y en América latina, han sido asumidas, en el mejor de los casos, o por lo menos han permitido un debate no cerrado que permite ser el disparador de una democratización en lo interno y en el afuera [Revista Cambio Social, 2009, p. 16].

Creemos que esa democratización en los movimientos actuales está profundamente ligada a la idea de “prefiguración” como forma principal de abordar el perfil táctico de la militancia. En este caso es notorio cómo el enfoque sobre la importancia de las diferentes dimensiones de la opresión se equipara. Plantear la definición de antipatriarcal con el mismo rango de importancia que las de anticapitalista y antiimperialista, significa que para el FPDS la contradicción entre capital y trabajo (constitutiva de la dominación capitalista) o la contradicción entre imperio y nación (que da cuerpo a la opresión imperialista) requieren el mismo nivel de atención que la contradicción y desigualdad entre los géneros: “algunos y algunas que se plantean como anticapitalistas no incorporan la lucha antipatriarcal, y muchos feminismos sostienen que la pelea no es contra el capitalismo sino primero contra el patriarcado”; 4es por eso que la incorporación del antipatriarcado por parte del FPDS marca un clivaje conceptual (Lipset y Rokkan, 1967) notable en el desarrollo teórico-político de las organizaciones sociales nacidas post crisis del 2001, en lo relativo a la cuestión de género.

Haberse asumido como una organización antipatriarcal significa que la disputa contra el patriarcado como sistema de dominación, conserva igual importancia que la lucha contra el capitalismo y contra el imperialismo. Este encuadre marca una diferencia notable respecto de la primacía del “clasismo” de los setenta como contradicción fundamental de la sociedad: “cómo el tema de la cosa de clase, como las obreras del Swift, en última instancia era en el trabajo colectivo, en el trabajo en las fábricas... pensábamos cómo esas obreras del Swift habían roto con esas diferencias de género... ¡Era una idealización!” (Corina [ethos 1970]). Si se analiza este testimonio de Corina vemos que en los setenta, inclusive cuando las desigualdades de género eran percibidas por la militancia, la centralidad que se le otorgaba a la resolución de la contradicción principal, incorporaba a la vez el camino hacia la resolución de las desigualdades de género; mirado desde el presente, Corina considera ese enfoque como idealizador. Con ello, la entrevistada, formada en la militancia setentista, nos reafirma que la conformación de los ethos militantes no representa esquema de valores y subjetividades políticas anquilosadas e inmutables; además, estas transformaciones se observan no solamente en los ex militantes setentistas.

Otra militante del FPDS que se inició en la militancia durante la década de los ochenta sostiene que: “cuando éramos jóvenes pensábamos que luchando contra el patrón se solucionaba todo. No mirábamos otras injusticias, otras dominaciones”. 5Este testimonio pone en evidencia que el ethos militante proporciona un marco general de identidad política que luego puede integrar otros modos, concepciones y prácticas organizativas que fuesen masificadas a partir de una generación política posterior. De esa forma, la constitución de los ethos militantes, válida en forma analítica y metodológica para la aprensión de la realidad, muestra en la base empírica un escenario con más matices que aquel que nos planteamos al inicio, como matriz de abordaje generacional.

El interregno antipatriarcal (2007-2013)

Como se vio, la unidad de estudio analizada presentó avances significativos desde 2007 en lo que concierne a las definiciones políticas de género. Sin embargo, no es hasta 2013 que el FPDS asume la definición del “feminismo”. Esta falta de definición en sentido propositivo en temáticas de género, que se extendió entonces desde la creación del movimiento en 2004 hasta 2013, tal vez pueda ser entendida a partir de dos dimensiones, por un lado por los procesos internos del movimiento, que se cristalizaron en la ruptura del Frente Popular Darío Santillán hacia 2013; 6por el otro, por la falta de definiciones propositivas que en general presentan estas experiencias.

Con respecto de la segunda, es importante destacar que al analizar los materiales orgánicos, documentos y comunicados del movimiento, en general se encontró una abundancia de definiciones “por la negativa” (donde prolifera el prefijo “anti”) y una escasez de definiciones propositivas que supongan un proyecto a futuro. Dentro de ese marco general de falta de definiciones propositivas sugiero leer la adopción del “antipatriarcado”, entre 2007 y 2013, más que de “feminismo”.

Esta dificultad por asumir definiciones que sugieran proyectos a futuro ha sido resaltada por algunos autores como una de las falencias principales que presenta la “nueva militancia” surgida en torno al 2001. Esas críticas apuntan a que la nueva generación no logra indagar en forma precisa en el capitalismo contemporáneo: “celebrar la negatividad, cuestionar las definiciones y formular preguntas sin respuestas obstruye esta indagación” (Katz, 2004, p. 2). Desde otra perspectiva, las críticas a la falta de definiciones propositivas han sido matizadas, relacionando el origen de las críticas con las formas aparentemente vetustas de hacer política: “algunos dicen que [las nuevas organizaciones] no son políticas, o que son antipolíticas. Esto suele estar relacionado con sus experiencias en las ‘viejas’ formas de hacer política” (Sitrin, 2010, p. 135). A mi juicio, la dificultad por elaborar conceptualizaciones teóricas en clave propositiva es, sin duda, un dato que caracteriza a estos movimientos, más allá de la crítica o de la celebración de este hecho en función del encuadre ideológico desde el cual lo percibamos.

Cabe agregar, sin embargo, que aún en ese marco de falta de definiciones propositivas, durante el interregno señalado, el debate teórico y político al interior del Frente llevó a incorporar la definición del “socialismo desde abajo” como horizonte propositivo al movimiento: “somos una organización anticapitalista, antiimperialista y antipatriarcal, síntesis de distintas tradiciones políticas y organizativas de nuestro pueblo. Tenemos como objetivo estratégico el socialismo desde abajo y buscamos prefigurarlo en nuestras prácticas desde el ahora” (FPDS, 2013a).

Esto podría analizarse como parte de una contradicción interna en relación a la cuestión de género, siendo que si bien la definición de antipatriarcado se ubica al mismo nivel de importancia que la de “anticapitalismo”, en lo que refiere a la dimensión propositiva, nuevamente la cuestión de género apareció relegada y subordinada a otra definición “más amplia” (el socialismo desde abajo) que la contendría, reeditando algunas modalidades del enfoque setentista para la cuestión de género. Esto no significa, desde luego, que los militantes del ethos setentista hayan ejercido resistencias hacia la ampliación de definiciones prefigurativas de las desigualdades de género, mientras que los militantes jóvenes las hayan impulsado decididamente. Lo que se percibe es que tanto los procesos organizativos como las definiciones políticas que expresa la unidad estudiada, son la resultante de una compleja y contradictoria articulación de perspectivas generacionales que también van experimentando transformaciones en sí mismas, tal como surge por ejemplo del análisis de los testimonios de Corina, y de otras militantes de la generación setentista que hoy han modificado su percepción sobre la lucha de género.

El pasaje al feminismo

Como fue dicho, hacia 2013 el FPDS sufrió una importante fractura interna; tras ese acontecimiento, el movimiento muestra un ascenso en la asunción de definiciones por la positiva, como la ya revisada acerca del socialismo desde abajo, lo cual impactará en las perspectivas de género. Ese mismo año, el Espacio de Mujeres del FPDS realizó un encuentro nacional en Rosario, provincia de Santa Fe, donde se concluía que: “diez años del aniversario de nuestro Espacio de Mujeres despertó preguntas y la necesidad de repensar las formas de construcción del antipatriarcado y el feminismo que queremos en nuestra organización. Un feminismo donde haya lugar para todxs, con las diversidades que nos vamos encontrando en el camino y donde la lucha contra el capitalismo no quede aislada” (FPDS, 2013b).

Producto entonces de la maduración de este debate, hacia finales de 2013 el movimiento asumió también la definición de “feminismo”. En un documento público que el movimiento dio a conocer hacia finales de año, declaró que la nueva izquierda que se proponen construir “debe ser feminista, antipatriarcal y dotada de una sólida perspectiva de género” (FPDS, 2013c).

Desde mi perspectiva, este pasaje se inscribe en la profundización del perfil prefigurativo del ethos militante hegemónico en el Frente Popular Darío Santillán. Por otra parte, también es de destacar que desde ese mismo año el FPDS asumió la disputa electoral en determinados distritos y también pasó a definirse como una organización clasista. Todo esto marca un cambio respecto de aquel perfil militante en donde proliferaban los “anti” y escaseaban las definiciones propositivas. Es por ello que la asunción del “feminismo” como definición propositiva relativa a la cuestión de género, también debe leerse en un marco de un cambio más general en determinados perfiles militantes del movimiento, que implicaron una asunción más general de algunas categorías propositivas.

En tal sentido la prefiguración se acentúa en el perfil táctico del ethos militante del FPDS, tanto en lo relativo a la cuestión de género, como en lo que refiere a otras tácticas políticas relacionadas con formatos clásicos de la militancia, como por ejemplo la disputa electoral.

Novedades, desafíos y falta de apropiaciones

Como se observa, varias son las novedades en términos de los imaginarios de los y las militantes del movimiento estudiado respecto de la cuestión de género que no se encontraban en sus militancias pretéritas. Relativo a la cuestión de género, otro rasgo novedoso a destacar será la presencia de materiales de formación relativos a las desigualdades de género, al patriarcado e incluso a los feminismos. Debemos sumar a estas novedades, la presencia de lenguaje no sexista en varios de sus materiales de difusión. Este lenguaje también se expresa en las entrevistas, donde tanto varones como mujeres han demostrado un permanente cuidado por dar cuenta de la representatividad de género en el discurso. Así, alusiones a “compañeros y compañeras”, o a “todos y todas”, fueron factores comunes en la mayoría de las entrevistas realizadas para esta investigación.

No obstante, no todo lo relativo a la cuestión de género fue asumido en forma directa en la militancia del movimiento estudiado. Un ejemplo que puede ser considerado como un tipo de resistencia al momento de asumir perspectivas igualitarias de género, se encuentra en la participación de los varones en algunas actividades mixtas impulsadas por el Espacio de Mujeres del Frente. Los primeros campamentos de formación en géneros estaban integrados exclusivamente por mujeres, pero más adelante el Espacio de Mujeres propuso invitar a los varones. Esta integración se hizo a partir del establecimiento de cupos para que la presencia masculina sea moderada y no exagerada. No obstante, el relevamiento de campo muestra que durante los primeros campamentos mixtos, no solamente la cantidad de varones no superó el cupo, sino que siquiera alcanzó a cubrirlo; esto demuestra que la mayoría de los varones había decidido no participar del campamento. Sea por falta de interés o por una intención manifiesta en restarle importancia a dicho espacio, este dato puede funcionar como un indicador de tensiones al interior del movimiento respecto de las luchas antipatriarcales.

Esto muestra, además, que la asunción de un discurso antipatriarcal e incluso de una definición política prefigurativa de la cuestión de género, fue mucho más fácil de incorporar para los militantes que la real apropiación de las prácticas igualitarias:

algo más complejo es que vayan cambiando prácticas más cotidianas, que muchas veces manifiestan injusticias naturalizadas, y por lo tanto invisibilizadas. Desde chistes machistas entre compañeros, hasta roles aún desiguales en la crianza de los hijos, o la reproducción de paradigmas machistas que los compañeros reproducimos aunque a nivel de discurso podamos decir cosas políticamente correctas (Pablo [ethos 1980]).

Desde el feminismo, se entiende que lo que se esconde detrás de esa falta de apropiación es la relación con los beneficios “naturales” que obtienen los varones en función de la opresión patriarcal (Hartmann, 1996). Tal vez esto esté también relacionado con lo visto por Longo, quien en un estudio con el mismo caso de estudio, destacó que algunas militantes del FPDS sostenían: “no queremos que los dirigentes sean el Che Guevara en la organización y Bush en nuestras casas” (Longo, 2012, p. 94). El ya mencionado trabajo de Tabbush y Caminotti, también contribuyó a no observar a los movimientos como unidades homogéneas, sino como espacios donde conviven diversas orientaciones y experiencias relativas a las perspectivas de género. Allí se da cuenta de cómo los varios niveles de concepción de cuestión de género al interior del movimiento “resquebrajan miradas totalizadoras sobre las desigualdades de género en las organizaciones sociales del campo popular” (Tabbush y Caminotti, 2015, p. 151). Las resistencias señaladas más arriba dentro del FPDS, empalman entonces con esos procesos, observados en otros casos de estudio.

Conclusiones

A lo largo del presente trabajo se ha analizado el derrotero de la cuestión de género en la unidad de estudio elegida, a partir de las transformaciones, continuidades y contrapuntos en el perfil táctico del ethos militante que nutre al movimiento. De tal forma, se concluye que aquel perfil táctico prefigurativo que la literatura sugería para la militancia de los nuevos movimientos sociales se constata en lo que refiere a la cuestión de género para el Frente Popular Darío Santillán.

Esto es así porque desde un primer momento tanto en el movimiento en general como en sus militantes en particular, aparece fuertemente la cuestión de género como un tipo de contradicción social a ser resuelta en el “aquí y ahora”, prefigurando la sociedad sin opresión de géneros que se anhela. Como fue señalado, esto marca una diferencia profunda respecto de los ethos militantes de las décadas de 1970 y 1980, en donde la cuestión de género era relegada y subsumida a otras contradicciones consideradas más importantes. No obstante, los testimonios recogidos también permiten encontrar puntos de diferenciación en la asunción de la cuestión de género en el FPDS respecto de su antecedente organizativo más inmediato: la Coordinadora Aníbal Verón. Lo anterior permite también matizar algunas aseveraciones, y mostrar cómo inclusive organizaciones paradigmáticas de la lucha durante la década de 1990, como fue el caso de La Verón, también fueron reticentes a incorporar demandas de género.

Por otro lado, y en virtud de matizar las apropiaciones que la cuestión de género tuvo en la militancia del movimiento estudiado, también quedó demostrado, a partir del material empírico analizado, que la permeabilidad de la cuestión de género fue gradual en el perfil táctico del movimiento, comenzando por la asunción de dicha cuestión desde la conformación del Espacio de Mujeres del Frente, lo que devino recién varios años después en la asunción de perspectivas de género por parte del movimiento en su conjunto. Es decir, recién tres años después de conformado, el movimiento logró definirse como “antipatriarcal”. A la vez, esta asunción careció de una definición propositiva en términos de proyecto a construir; es así que se fue consolidando lo que llamamos un “interregno antipatriarcal”, en el cual el movimiento se reivindicó antipatriarcal pero no feminista.

Este período se clausurará hacia 2013, cuando el movimiento incorpore el feminismo como definición propositiva. Es decir que desde su nacimiento en 2004 hasta 2013, prácticamente en diez años de desarrollo, el movimiento careció de una definición positiva relativa al feminismo, lo cual permite matizar la prefiguración señalada, y comprender que los procesos de transformación de las orientaciones y los sentidos en los ethos militantes son del todo graduales y complejos. Como se dijo, fue recién durante los últimos tres años que en el movimiento comenzó a haber una apropiación más general de la definición de feminismo, la cual resulta indispensable si se trata de construir cotidianamente un nuevo sentido no opresor entre los géneros, en el marco de la actual sociedad capitalista y patriarcal.

También fue señalado que esta asunción por la positiva de un horizonte feminista, vino aparejada de un nuevo ciclo político en el cual el movimiento asumió otras categorías positivas -históricamente relegadas- como la disputa electoral o la apelación al clasismo en el plano sindical. Esto suma complejidad al análisis en la medida que, si bien se avanzó en términos novedosos con la asunción del feminismo respecto de la militancia de los ethos de décadas pasadas, también algunas dimensiones de la militancia clásica en partidos políticos y sindicatos parecerían reaparecer en el ethos militante que expresa la unidad de estudio analizada.

Por otra parte, también quedó mostrado cómo la asunción de las definiciones ligadas a las luchas de género fue mucho más fluida en el plano conceptual que en el plano de las prácticas cotidianas. Las resistencias internas, y las diferentes temporalidades entre apropiación de consignas y participación real, muestran que, si bien la asunción del antipatriarcado y luego del feminismo implicaron un proceso novedoso de adopción de categorías ligadas a las luchas de género en el FPDS, aún no se puede asumir en forma terminante que el movimiento presente una imagen homogénea en cuanto a un ethos militante exclusivamente prefigurativo al respecto.

Considero entonces que este análisis comprensivo de la cuestión de género desde los ethos militantes en el Frente Popular Darío Santillán, permite observar tanto continuidades y rupturas en los modelos de militancia y en las orientaciones y sentidos que los militantes asignan a sus formas de concebir el cambio social. De tal forma, los ethos militantes tal vez no expresen etapas evolutivas del todo cambiantes, sino que representan un derrotero histórico dentro del cual se reactualizan, descartan e integran, viejas y nuevas orientaciones y sentidos sobre los modos de transformación social.





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Revista Cambio Social, núm. 4, junio de 2009.


Entrevistas propias citadas en este trabajo
Entrevista a Corina, militante del FPDS, perteneciente al ethos setentista.
Entrevista a Guillermo, militante del FPDS, perteneciente al ethos setentista.
Entrevista a Pablo, militante del FPDS, perteneciente al ethos ochentista

Notas al pie:

1.

fn1En Cartilla del Área de Género, FPDS.


2.

fn2El Encuentro Nacional de Mujeres es una reunión anual que agrupa a diversas organizaciones, personalidades y movimientos feministas; se realiza ininterrumpidamente desde 1986 en Argentina, y su convocatoria crece año tras año, llegando a agrupar cerca de 50,000 mujeres en su edición de 2015.


3.

fn3Juan Cruz Daffunchio fue un referente de la CTD-AV, con el cual se distanciaron los grupos que luego conformaron el FPDS.


4.

fn4Estas expresiones aparecen en la “sistematización” que fue presentada en la “cartilla” del “Primer Campamento de Formación en Género”, editada por el Espacio de Mujeres en junio de 2007.


5.

fn5Testimonio de militante del FPDS iniciada en la militancia en la década de 1980, en Longo (2012, p. 95).


6.

fn6Luego de profundos debates en torno a la táctica electoral y al marco de alianzas, un conjunto importante de movimientos y regionales del FPDS decidieron en 2013 romper con la organización y armar un nuevo espacio: el Frente Popular Darío Santillán- Corriente Nacional.


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