Mujeres y cooperativismo en Cuba hoy. Un estudio de redes sociales

Claudia María Caballero Reyes*

* Claudia María Caballero Reyes es licenciada en psicología por la Facultad de Psicología (2013) y máster en sociología por la Facultad de Filosofía, Historia y Sociología (2017), ambas de la Universidad de La Habana. Es, también, diplomada en metodología del trabajo comunitario desde la educación popular y diplomada en estudios sobre adolescencia y juventud (2017). Actualmente se desempeña como profesora de la Facultad de Psicología de la Universidad de la Habana. Así mismo, es responsable de relaciones internacionales de la Junta Directiva Nacional de la Sociedad Cubana de Psicología. Es autora de varias publicaciones en diversas revistas académicas.


Resumen:

La creación de las Cooperativas No Agropecuarias (CNA) en Cuba está promoviendo cambios en su estructura social. Tanto mujeres como hombres se han incorporado a este nuevo espacio de oportunidades laborales, de manera que resulta pertinente analizar las ventajas y los retos que esto plantea para los cooperativistas, en especial para las mujeres, respecto a su inserción laboral y social. Para la presente investigación se utilizó un diseño mixto que incluyó la aplicación de un cuestionario sobre redes sociales y entrevistas individuales en profundidad. La muestra quedó compuesta por 76 cooperativistas no agropecuarios/as pertenecientes a cinco CNA del occidente del país. Las conclusiones muestran que se refuerzan las distancias sociales al coincidir posiciones menos favorables para las mujeres en las CNA y en otros espacios de la vida cotidiana.

Recibido: 12-2017; Aceptado: 06-2018

Revista interdisciplinaria de estudios de género de El Colegio de México, 2018 Jul 23

Palabras clave: cooperativas no agropecuarias, redes sociales, capitales sociales, desigualdad.
Key words: non-agricultural cooperatives, social networks, social capital, inequality.

Introducción

A partir del proceso de actualización del modelo económico cubano iniciado en el 2011, el movimiento cooperativo está llamado a ejercer un rol protagónico. Hasta ese año, el cooperativismo en Cuba se desenvolvía únicamente en el sector agropecuario; sin embargo, a raíz de las trasformaciones que están teniendo lugar, dicho movimiento se amplía con carácter experimental a otros sectores de la producción y los servicios. De esta manera, se establece que:

se crearán las cooperativas de primer grado como una forma socialista de propiedad colectiva, en diferentes sectores, las que constituyen una organización económica con personalidad jurídica y patrimonio propio, integradas por personas que se asocian aportando bienes o trabajo, con la finalidad de producir y prestar servicios útiles a la sociedad y asumen todos sus gastos con sus ingresos (VI Congreso del Partido Comunista de Cuba, 2011, p. 12).

Debido a su protagonismo, novedad y carácter experimental, las nuevas Cooperativas No Agropecuarias (CNA) están en el punto de mira, sobre todo de los análisis económicos. La evaluación de ingresos, costos, inversiones, rentabilidad, tributación y relaciones con los bancos y con las empresas estatales se colocan en el centro de los debates (Hernández, Pérez, Gainza, Reinoso, Padrón, Piñeiro, 2014; Ojeda, 2015). Sin embargo, hay otros impactos -más allá de los que se producen sobre la economía nacional- que deben ser explorados y discutidos. Uno de los más apremiantes se deriva de las posibilidades que tienen las y los trabajadores de insertarse en este nuevo espacio de oportunidades laborales.

Para el movimiento cooperativo en América Latina “alcanzar la equidad de género ha sido una preocupación permanente en función de la cual se han desarrollado muchos esfuerzos e invertido una gran cantidad de recursos desde hace más de dos décadas” (Mora, 2012, p. 97). En particular, el empleo femenino para Cuba ha formado parte de los programas integrales desarrollados para luchar contra todo tipo de discriminación y a favor de la justicia social. A pesar de los grandes esfuerzos, en 2016 las mujeres representaban el 38% de la población económicamente activa (Oficina Nacional de Estadística, 2016), no obstante la cantidad de mujeres en el espacio cooperativo a lo largo del tiempo no ha sido alta. Uno de los factores condicionantes radica en que hasta 2011 el cooperativismo en Cuba se orientaba únicamente a labores tradicionalmente masculinas (actividades agropecuarias). Sin embargo, con la apertura del movimiento cooperativo mediante la creación de las CNA, surgen nuevas oportunidades laborales para mujeres y hombres. Ante esta situación resulta necesario analizar qué factores están influyendo en la inserción a las CNA; qué diferencias se aprecian entre mujeres y hombres en este escenario, y qué relación se establece entre la posición que ocupan las mujeres en el nuevo espacio laboral y los otros espacios en los que transcurre su vida cotidiana, como por ejemplo, la familia y el tiempo libre.

Motivada por estas temáticas, se desarrolló una investigación enfocada en analizar la configuración del entramado social en que se insertan las y los nuevos cooperativistas miembros de cinco CNA del occidente del país. Se asumieron como bases teóricas la teoría de las redes sociales, los estudios de género y los estudios sobre cooperativismo, debido al arsenal teórico y metodológico que aportan para la compresión del fenómeno.

Referentes conceptuales

La teoría de las redes sociales (TRS) se nutre de diversas disciplinas científicas, entre las que destacan la antropología, la matemática, la sociología y la psicología. Esta diversidad ha permitido la cristalización de aspectos conceptuales, al mismo tiempo que ha aportado un vasto cuerpo de resultados empíricos que abarca tanto las temáticas de las organizaciones laborales como las cuestiones de género. En consecuencia, resulta conveniente considerar en primer lugar los aspectos conceptuales primordiales de la TRS, para luego analizar cómo estos se articulan con los estudios de género y los estudios sobre el espacio laboral cooperativo, en cuanto que estos elementos sientan las bases teóricas y los antecedentes investigativos del presente estudio.

Nociones sobre la TRS

Desde muy temprano en las ciencias sociales aparece el interés por el estudio de los procesos de conformación y reproducción del tejido social, así como por la explicación de los fenómenos que se generan en este espacio. En la medida que se identifica la existencia de actores individuales y colectivos que necesariamente tienden a relacionarse para alcanzar objetivos a nivel micro, meso y macro social, se da cuenta de la presencia de redes organizadas en función del cumplimiento de las metas sociales: “La verdadera convivencia humana […] es esencialmente unidad, un existir en común de individuos que actúan unos sobre otros, es decir, que se encuentran en una relación de acción recíproca” (Tonnies, 1987, p. 20). El estudio de la articulación entre los actores y el entramado de relaciones que conforma la sociedad da paso al surgimiento y cristalización de la TRS.

Las redes sociales se definen como el “conjunto bien delimitado de actores -individuos, grupos, organizaciones, comunidades, sociedades globales, etcétera- vinculados unos a otros a través de una relación o un conjunto de relaciones sociales” (Lozares, 1996, p. 108). En correspondencia con esta definición, se presentan dos categorías esenciales para comprender las redes sociales: los actores y las relaciones.

Los actores son unidades sociales entre las que se establecen vínculos. Su manifestación es diversa, pues depende del nivel de análisis que se emplee. De ahí que sea posible considerar como actores sociales a individuos, empresas, comunidades, clases, estados, sociedades, entre otros (Imícoz y Arroyo, 2011). El análisis enfocado en los actores se corresponde con la perspectiva atributiva y pone el énfasis en el estudio de las características individuales, tanto de datos sociodemográficos y configuraciones personales -intereses, actitudes- como de patrones de conducta -consumo cultural, proyectos futuros, formas de participación, consumo de sustancias, etcétera-. Así mismo, presta especial atención a cómo estas características influyen en la organización de la red. Dentro de esta perspectiva sobresale el planteamiento teórico que establece que los atributos portados por los actores no se manifiestan de manera azarosa en las redes, sino que tienden a organizarse en función del principio de la homofilia. Dicho principio describe el hecho social en el cual existe una mayor probabilidad de que se compartan prácticas, hábitos, conocimientos y relaciones entre personas con características sociales similares (Lozares y Verd, 2011). Es decir, las personas tienden a relacionarse con otras semejantes a ellas en vez de hacerlo con personas que difieren de sus características. Es por esto que elementos comportamentales, culturales, o genéticos semejantes suelen estar localizados en áreas específicas en las redes (Baerveldt, Van de Bunt y de Federico de la Rua, 2010). El análisis de la homofilia en las redes sociales deviene esencial, en cuanto que tributa a la comprensión de los factores que agrupan/segregan el entramado social.

Las relaciones son las formas que adoptan las mediaciones entre los actores. Las relaciones son una cualidad variable, aunque con relativa estabilidad, que “nos ligan incesantemente unos con otros […] se abandonan, se vuelven a recoger, se sustituyen por otros, se entretejen con otros” (Simmel, 1939, p. 30). Su variabilidad o fluctuación es objeto de análisis para algunos autores, mismos que establecen distinciones entre vínculos momentáneos o duraderos (Simmel, 1939) y transitorios o permanentes (Weber, 1979); estas diferencias se expresan en la organización del entramado social y en el alcance de las metas individuales y colectivas. La cualidad y los contenidos de las relaciones es otro de los focos de interés por parte de los investigadores. Ofrece profundidad en la comprensión de los fenómenos sociales en la medida que muestra cómo influye la valencia positiva o negativa de los lazos, los intereses que están de base y su armonía o conflictividad, en la consolidación del tejido social. El análisis de las relaciones responde la perspectiva relacional dentro de la TRS, cuya relevancia estriba en defender que las formas, contenidos y cualidades de los vínculos influyen notablemente en la manera en que se organizan y funcionan las sociedades.

Por último, existe otro elemento que resulta fundamental para una comprensión de las redes: el capital social. El término “capital” hace referencia a los recursos que se invierten para obtener beneficios, pero ¿qué delimitación establece la palabra “social”? Este sustantivo sirve para delimitar aquellos recursos que son concebidos como parte del entramado social pues “están incrustados en las redes sociales, y sólo se puede acceder a ellos a través de las conexiones sociales” (García-Valdecasas, 2011, p. 136). Los capitales sociales son fruto del vínculo que surge entre dos actores, solo pueden aparecer allí donde hay una relación. De este modo queda claro cuál es el vínculo entre los conceptos redes sociales y capital social: “el capital social no son las redes sociales, pero sin redes sociales no hay capital social” (García-Valdecasas, 2011, p. 133). Las implicaciones de esta categoría revelan que la cantidad, fuerza y tipo de relaciones que un sujeto mantenga con otros actores, establece oportunidades diferenciales en la malla de relaciones sociales.

TRS, estudios del trabajo y género

Como resultado de la amplitud, profundidad y constante desarrollo de la TRS, esta es utilizada como fundamento teórico-metodológico de investigaciones en múltiples líneas de trabajo. Una de ellas, desarrollada con especial ahínco a lo largo del tiempo, es la referida al ámbito laboral. En este sentido, son abundantes los estudios sobre la entrada de los jóvenes al mercado laboral (Estrada y Izquierdo, 2012; Goyette, 2010; Izquierdo, 2011); las relaciones entre las redes y las trayectorias laborales (López-Roldán y Alcaide, 2011), y la importancia de las redes sociales en el mercado de trabajo (García, 2007).

También se analizan las redes que se establecen entre organizaciones: redes de colaboración interinstitucional (Ovalle, Olmeda, y Perianes, 2010); el papel de los clubes de empresarios o los grupos económicos en la estructuración del comportamiento económico de las empresas; el estudio de los mecanismos de vinculación de las empresas con el Estado y con los mercados; las redes técnico-económicas donde se llevan a cabo actividades de coordinación científica, tecnológica y económica entre los diversos actores multi-institucionales; las dinámicas de inserción de las empresas en espacios socio-territoriales locales (Villavicencio, 2000), y redes entre empresas del sector agropecuario (Velázquez y Marín, 2007). Así mismo, se analizan redes a lo interno de diferentes tipos de organizaciones: redes de científicos en una disciplina profesional, en despachos, laboratorios, empresas estatales y cooperativas (Gaete y Vázquez, 2008).

Respecto al caso específico de las cooperativas, estas constituyen una forma de organización con peculiaridades que las hacen propicias para el estudio desde la perspectiva de las redes sociales, en cuanto que su propia esencia promueve valores como la democracia, la equidad y la solidaridad, lo que hace pensar en la conformación de redes a lo interno de la cooperativa con vínculos fuertes y entre los cuales se mueven múltiples capitales sociales. En Cuba se han hecho pocos estudios sobre cooperativismo desde la perspectiva explícita de las redes sociales, y estos han estado enfocados mayormente al sector agropecuario (Rodríguez, Martínez y Leiva, 2015; Zabala, 2000), de modo que constituye un espacio potencialmente fértil para la investigación a partir de estas bases teóricas.

A esta línea de trabajo se suma la cuestión de género, ampliamente analizada, por una parte, desde la TRS y, por otra, dentro de la esfera laboral, pero que ha sido mucho menos trabajada a partir de la integración de estos dos elementos. Desde la TRS, o desde visiones que enlazan las diferencias de género con las relaciones interpersonales -aun cuando no sean declaradas desde la perspectiva explícita de la TRS-, las investigaciones en Cuba giran en torno al fenómeno de la violencia y el uso efectivo de las redes de apoyo como herramientas para el empoderamiento femenino, el papel del Estado y de las instituciones cubanas para la atención a las víctimas (Proveyer, 2014), la prevención a partir del accionar de profesionales de la Atención Primaria de Salud (Perojo, 2015); los vínculos entre género, salud y sexualidad (Fleitas y Ávila, 2013), las particularidades de la migración en la población femenina (Núñez, 2011), etcétera.

Por otra parte, los temas de género en el área del trabajo en Cuba han estado enfocados en los análisis sobre el lugar que ocupan las mujeres dentro de los espacios laborales; la política de empleo y su incidencia en la equidad de género en diferentes regiones del país; el impacto de la reducción de empleos estatales y la ampliación del trabajo por cuenta propia (Echevarría, 2014; Echevarría, Díaz y Romero, 2014; Núñez, 2011); el desempeño de la mujer en el rol de cuidadora de las personas dependientes como actividad independiente del trabajo doméstico (Álvarez, 2014); el trabajo no remunerado (Romero, 2011), y el emprendimiento femenino y su ejercicio en el mundo empresarial (Virgilí, 2014), entre otros.

El vasto cúmulo de resultados empíricos en estas dos aristas muestra la importancia que tiene la articulación de los temas referidos, en la medida que género y trabajo se enlazan en las relaciones sociales que conforman el entramado de la sociedad.

Los cambios actuales en el movimiento cooperativo y la consecuente formación de un nuevo espacio de oportunidades laborales en Cuba para hombres y mujeres, invitan a un análisis desde las ciencias sociales que contribuya a la transformación social deseada. Con esos elementos de base se realiza esta investigación, que pretende analizar las redes sociales de los cooperativistas no agropecuarios desde una perspectiva de género.

Precisiones metodológicas

Los objetivos de la presente investigación se enfocaron en dos aspectos:

  1. Describir la configuración de las redes sociales laborales, familiares y de tiempo libre de los cooperativistas, miembros de cinco cooperativas no agropecuarias, en cuanto a los atributos de los actores y las formas de capital social que se encuentran insertadas en las redes.
  2. Comparar los resultados en función del sexo de los cooperativistas.

La investigación se basó en un enfoque mixto que adopta el diseño en paralelo. La fase cuantitativa de la investigación sigue un diseño no experimental, transaccional y descriptivo-correlacional, dentro del cual se aplicó un cuestionario sobre redes sociales. La fase cualitativa está basada en un diseño fenomenológico que acogió la aplicación de entrevistas individuales en profundidad, observaciones y análisis documental.

En relación con las particularidades metodológicas del abordaje de las redes sociales, la investigación se corresponde con un estudio multirrelacional, pues recoge información acerca de varios tipos de relaciones entre los actores (laboral, familiar y de tiempo libre). Aborda la dimensión atributiva y la relacional, en cuanto que colecciona y analiza datos que se corresponden tanto con las características particulares de los actores como con la fuerza de las relaciones. Se emplea el método de redes completas para el estudio de la red laboral, en la medida de que es posible acceder a todos los actores que la componen. Por otra parte, se emplea el abordaje de redes egocéntricas para el análisis de las redes familiar y de tiempo libre, pues solo es posible el acceso a los actores ego (los cooperativistas) y ellos ofrecen información acerca de los alters (miembros de las redes) con quienes mantienen vínculos directos.

La muestra de esta investigación fue no probabilística, de tipo intencional, respondiendo a tres elementos que han influido intensamente en la formación de estas nuevas cooperativas: territorios con mayor proporción de CNA en Cuba; actividades predominantes llevadas a cabo por las CNA, y origen estatal o no estatal de las mismas. En función de los datos recogidos por la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI) (2015) respecto a estos tres aspectos, se realizó la elección intencionada de la muestra.

De acuerdo con la ONEI (2015), la creación de las CNA se concentra en el territorio occidental del país, especialmente en la provincia de La Habana y, en menor medida, en el resto de las provincias occidentales, como es el caso de Matanzas.

Por otra parte, en función de las actividades en las que estas se enfocan, hay una mayor presencia de CNA dedicadas al comercio, la gastronomía, los servicios personales y técnicos (ONEI, 2015).

Por último, se aprecia una mayor cantidad de CNA de origen estatal, aunque también se encuentran aprobadas y funcionando CNA de origen no estatal (Ojeda, 2015).

En correspondencia con la prominencia del territorio occidental, las actividades dedicadas a los servicios y el origen mayormente estatal de las mismas, se eligió una muestra de CNA en la que preponderaban estos aspectos; se incluyó, no obstante, una pequeña representación de las minorías.

De esta manera, la muestra quedó conformada por cinco CNA (tabla 1), las cuales están orientadas a los servicios de gastronomía, peluquería y diseño de interiores; están ubicadas en las provincias occidentales de La Habana y Matanzas, y su origen es estatal y no estatal.

Tabla 1..

Descripción de la muestra.


Cooperativa Actividad Territorio Origen Cantidad de miembros
Cooperativa 1 Gastronomía La Habana Estatal 15
Cooperativa 2 Gastronomía La Habana Estatal 14
Cooperativa 3 Gastronomía La Habana Estatal 14
Cooperativa 4 Peluquería La Habana Estatal 20
Cooperativa 5 Diseño de interiores Matanzas No estatal 13

TFN1Fuente: elaboración propia.


Principales resultados

Los resultados encontrados motivan una reflexión en torno a las características que presenta el cooperativismo actualmente y el papel de mujeres y hombres en el mismo, así como las potencialidades y los desafíos que se aprecian y la manera en que estos aspectos se interrelacionan en el tejido social que los contiene. Bajo esa lógica se analizan cuatro indicadores que permiten problematizar en torno a las diferencias en las redes laborales, familiares y de tiempo libre de las y los cooperativistas que colocan a algunos en una posición ventajosa respecto a otros.

Acceso al empleo

Las redes laborales se caracterizan por un predominio de hombres, adultos medios, de color de la piel blanca y escolaridad preuniversitaria. Por el contrario, hay una menor presencia de cooperativistas con escolaridad secundaria y de obreros calificados, negros/as, adultos/as mayores y mujeres. Además, los dos últimos elementos se presentan enlazados, pues no hay mujeres adultas mayores.

Este último dato resuena con el concepto de interseccionalidad acuñado por Kimberlé Williams en 1995, el cual es definido como un sistema complejo de estructuras de opresión que son múltiples y simultáneas (Crenshaw, 1995). En este caso, la simultaneidad se hace evidente en la concurrencia de diferencias en cuanto a género y grupo etario. Los hombres adultos medios se ubican en una posición ventajosa (al menos en cuanto a superioridad numérica como miembros de las CNA), respecto a las mujeres adultas mayores, que son minoría. Se evidencia cómo varios factores conjuntamente articulan un sistema de estructuras de desempoderamiento.

La descripción en cuanto al sexo se encuentra en consonancia con los datos publicados por la ONEI (2015), que muestran que los hombres representan el 78,18% del total de cooperativistas no agropecuarios, por lo que se colocan en este espacio laboral en mucha mayor medida que las mujeres, quienes están sub-representadas. Otras investigaciones, enfocadas tanto en las CNA como en las otras formas cooperativas, también resaltan esta característica del movimiento cooperativo cubano (Cabello, 2014; Hernández, et al., 2014; Terry, 2016; Zabala, 2000), un problema que se extiende más allá de la geografía nacional:

Actualmente en América Latina entre el 40 y el 50% de sus miembros son mujeres, porcentaje de asociadas que pueden estar en desventaja debido a las desigualdades de género que persisten como rezagos de una sociedad con raíces patriarcales. Lo anterior limita las perspectivas del desarrollo humano en el movimiento y, por lo tanto, restringe el desarrollo del cooperativismo en general (Mora, 2012, p. 97).

No obstante, algunos casos ponen de manifiesto ciertas posibilidades de incorporación al sector cooperativo por parte de las mujeres. Se aprecia un predominio de mujeres (70,0%) en una de las cooperativas estudiadas. Sin embargo, estas oportunidades encierran ciertas limitaciones, pues no es casual que la cooperativista en la que existe un predominio de féminas es la que se dedica al servicio de peluquería. Se aprecia la reproducción de los roles tradicionales de género asociados a las mujeres, relacionados con el cuidado de la imagen personal y la estética. Este último dato aparece en correspondencia con los registros de la ONEI (2015) que, sin establecer diferencias de acuerdo con el sector en que se desarrolla la actividad (estatal, privado o cooperativo), manifiesta que en algunas actividades económicas las mujeres están ligeramente sobre-representadas, como es el caso de la actividad de “Servicios comunales, sociales y personales”, categoría dentro de la que se incluyen los servicios de peluquería que se ofrecen en la cooperativa analizada.

Redes favorecedoras

Las estrategias que encaminan a los hombres en mayor medida que a las mujeres hacia espacios económicos más atractivos se hallan en dependencia de sus condiciones de partida: “las opciones al empleo estatal se han basado en la tenencia de activos y bienes de capital de los que, como tendencia, las mujeres no son las propietarias primarias” (Echevarría, 2014, p. 70). Esto remite a la importancia de analizar el tamaño de las redes familiares y de tiempo y las características de los actores que las componen, en cuanto ejercen una influencia en las oportunidades para llegar a ser miembro de una cooperativa.

El tamaño de las redes revela la cantidad potencial de fuentes de acceso a los capitales sociales. Tanto para hombres como para mujeres, la cantidad de actores con quienes se establecen relaciones directas en las redes de tiempo libre oscila entre tres y seis. Estos datos resultan semejantes a los obtenidos en otro estudio de redes sociales en sujetos habaneros (Caballero, 2013). La menor cantidad de actores con los que se comparte el tiempo libre puede deberse a una propensión a la disminución de otros espacios de interacción más allá de las esferas laboral y familiar, en consonancia con el planteamiento de Martín y Perera en torno a que “la prosocialidad, la implicación en lo colectivo, compite con el mundo personal y familiar” (Martín y Perera, 2011, p. 106). La reducción generalizada de estas -tanto para hombres como para mujeres- en comparación con periodos anteriores, pudiera influir negativamente en el alcance de dichos capitales.

A pesar de que este es un factor que influye a todos por igual, las mujeres se encuentran en una posición menos favorable, pues a esta situación se suma que sus redes de tiempo libre son mucho más homogéneas. Se reitera la presencia de familiares en la red de tiempo libre de las mujeres, mientras que los hombres incluyen mayor variedad de actores (por ejemplo, compañeros de trabajo, vecinos y amigos). Estos datos resultan similares a los obtenidos en otras investigaciones en las que se evidencia que “las mujeres aun incluyen una cantidad significativamente mayor de familiares en sus redes que los hombres” (McPherson, Smith-Lovin, y Brashears, 2006, p. 362). En consecuencia, las mujeres cuentan con menor variedad de enlaces, una falta de diversidad en las relaciones que supone menores oportunidades de conexión a este nuevo espacio de oportunidades laborales.

Posición dentro de la cooperativa

Hasta ahora se ha analizado la menor presencia de las mujeres en las CNA y las características de sus redes familiares y de tiempo libre que también pueden influir negativamente en esta situación. Para la minoría de mujeres que logra insertarse en este sector, la situación de desventaja se refuerza al analizar la posición en que se ubican a lo interno de la cooperativa de la que forman parte.

El lugar que ocupan las mujeres a lo interno de las cooperativas también se ve influido por las redes -en este caso laborales- que las sostienen. Se manifiesta el principio de la homofilia respecto al sexo. Significa que las cooperativistas mujeres se relacionan mayoritariamente con otras mujeres, mientras que los hombres lo hacen esencialmente con los hombres.


[Figure ID: f1] Figura 1..

Red laboral de una cooperativa diferenciada por sexo.


  —Fuente: elaboración propia a partir de los resultados..

Este resultado es congruente con los datos encontrados en un estudio cubano sobre redes sociales del sector cuentapropista (Caballero, 2013), así como en otras investigaciones extranjeras que plantean que la homofilia basada en el sexo es una de las más prevalentes, especialmente en contextos organizacionales (Roberts, Dunbar, Pollet y Kuppens, 2009; Stallings, 2008).

Esto puede referir cierta generalidad del fenómeno sin que tenga mayor relevancia. No obstante, si a esta información unimos el dato descrito con anterioridad que refleja una menor cantidad de mujeres en las cooperativas, la homofilia toma nuevos matices. Significa que las mujeres, al relacionarse mayormente con mujeres, que son minoría, presentan una menor diversidad de actores a los cuales acceder que los hombres. Estos resultados son consonantes con un estudio desarrollado por la ACI Américas mediante el cual se obtuvo como resultado que “la segregación por género muestra una participación baja de las mujeres en las políticas y decisiones cooperativas” (Mora, 2012, p. 99). Otras investigaciones también corroboran estos datos al señalar que “el hecho de que las mujeres suelen tener menos oportunidades de ocupar altas posiciones en las organizaciones, puede limitar sus capacidades para crear redes sociales poderosas; mientras que resulta menos probable que los hombres enfrenten estos constreñimientos […] así que las mujeres tendrán un rango más estrecho de elecciones en la red que los hombres” (Stallings, 2008, p. 4).

Todo lo anterior llama a la búsqueda proactiva de alterativas a través de las cuales las mujeres puedan insertarse en mayor cantidad y ocupen lugares más favorables dentro de las cooperativas. En el pasado, los procesos de reajuste implementados en el país han tenido al Estado como su principal propulsor. Durante la crisis de los años 90, por ejemplo, los índices de ocupación de las mujeres no se vieron tan afectados pues, entre otras razones, “se adoptó una política de empleo para las mujeres. Se revitalizaron las Comisiones Coordinadoras del empleo femenino, integradas por la Federación de Mujeres Cubanas, la Central de Trabajadores de Cuba y el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, las cuales trataban de orientar, intermediar y colocar mujeres en función de las demandas posibles” (Echevarría, 2014, p. 67). Esta experiencia sirve para ilustrar el fehaciente interés que ha mostrado Cuba a lo largo del tiempo por establecer políticas económicas y sociales que favorezcan la integración de las mujeres a la fuerza laboral y asuman distintas formas de poder.

La situación actual del país dista de la tomada como ejemplo, por lo que otras medidas han de ser consideradas e implementadas siguiendo el mismo objetivo explicitado de transformar patrones ideológicos y culturales de inequidades, al tiempo de potenciar el bienestar de todas y todos los cubanos. A fin de lograr este propósito ha sido imprescindible y lo sigue siendo renovar constantemente las políticas, estrategias y procedimiento de modo que se ajusten a las condiciones concretas de cada momento. Esa será la clave para identificar nuevas propuestas que permitan acortar las diferencias entre mujeres y hombres en el espacio laboral concerniente a las CNA.

Acceso al apoyo práctico: ¿ventaja o desventaja?

El apoyo práctico en la red laboral se basa sobre todo en “cómo hacer las tareas del trabajo”, “orientaciones de trabajo”, “superación de conjunto”, “trucos de experiencia”, “organización en el trabajo”, “asesoramiento”, “consultas” e “información”. Su acceso se presenta de manera diferenciada en función del sexo de los cooperativistas. Las mujeres reciben mayor apoyo práctico que los hombres y lo obtienen fundamentalmente a través de otras mujeres. Este resultado es congruente con otro expuesto con anterioridad, que demuestra que las mujeres presentan mayor cantidad de relaciones entre ellas, favoreciendo que los capitales sociales se muevan a lo interno de sus redes.

Algo similar sucede con el acceso a esta forma de capital en la red familiar. En este caso el apoyo práctico se basa sobre todo en el “cuidado de los niños” y la realización de actividades domésticas como “cocinar”, “lavar”, “buscar el pan y botar la basura”, “arreglar el carro”. En esta red las mujeres también tienen mayor acceso a ese recurso que los hombres.

El acceso diferenciado de mujeres y hombres al apoyo práctico en las redes laboral y familiar resulta un indicador controvertido. Por una parte, los datos presentados pueden ser leídos como un indicador favorable para las mujeres. No obstante, otras posibles interpretaciones complejizan el resultado. El hecho de que las mujeres se ayuden entre ellas, si bien resulta útil, puede mostrarse como un paliativo ante su situación laboral desventajosa ya descrita. Por otra parte, el que las mujeres reciban apoyo o ayuda en las tareas domésticas, significa que ellas continúan siendo las principales responsables de las mismas, reafirmando su papel como máximas garantes de la protección y el cuidado de la familia (Vasallo, 2004). Esto también explica por qué las mujeres tienen más familiares en la red de tiempo libre, en cuanto las responsabilidades de la vida familiar y la doble jornada laboral las colocan en el centro de las actividades domésticas.

Este fenómeno ha sido ampliamente denunciado y debatido desde los estudios de género. A pesar de ello, continúa siendo un indicador apenas transformado. Es tan evidente y común que en algunos casos ha pasado de ser “obvio” a ser “obviado”. Con la intención de colocar en la palestra pública las particularidades y consecuencias de este fenómeno, la Oficina Nacional de Estadísticas realizó en Cuba, en 2002, la Encuesta sobre Uso del Tiempo. Otras investigaciones realizadas con anterioridad por parte del Instituto de la Demanda Interna (1979), el Instituto de Investigaciones Estadísticas (1985 y 1988) y el Instituto de Investigaciones Económicas (1988), permitieron comparar los datos y evidenciar una lenta incorporación de los hombres en forma de “cooperación” o “ayuda” a las tareas domésticas (Romero, 2011). En conclusión, la preponderancia de la figura femenina como la máxima responsable de las tareas domésticas resulta un tema recurrente, tema al que es necesario continuar prestando atención en la medida que resulta elemental entenderlo como la expresión más cotidiana de la dominación.

En consonancia con los resultados presentados, es necesaria la búsqueda proactiva de alterativas que permitan a las mujeres ocupar lugares más favorables dentro de las cooperativas y fuera de estas y que rompan con la repetición de situaciones desfavorecedoras para su inserción en la malla de relaciones sociales.

Conclusiones

Los análisis realizados dan cuenta de un escenario complejo. El estudio de las redes sociales en las que transcurre la vida cotidiana de los cooperativistas hace ver diferencias individuales tanto en el espacio cooperativo como en las otras esferas en las que transcurre la vida cotidiana, las cuales muestran posiciones de ventaja/desventaja en función del sexo.

Se aprecia una posición ventajosa para los hombres, quienes están más representados en las CNA, las cuales constituyen nuevos espacios de oportunidad; además mantienen relaciones heterogéneas tanto en la esfera laboral como en la de tiempo libre, lo que diversifica y amplía sus redes. En cambio, las mujeres ocupan una posición desventajosa, en cuanto que están sub-representadas en las CNA y solo integran con mayor frecuencia aquellas cooperativas que brindan algunos servicios típicamente femeninos. Así mismo, poseen redes laborales y de tiempo libre homogéneas y centradas en los familiares. Esto constriñe la pluralidad de fuentes potenciales de acceso a las nuevas oportunidades laborales. También reduce la cantidad de recursos a movilizar ante necesidades de colaboración o apoyo en la esfera laboral. La reproducción de esta situación en otros ámbitos de la vida cotidiana refuerza su situación desventajosa históricamente denunciada y respecto a la cual todavía es necesario aunar esfuerzos en pos de su transformación.

El análisis a partir de las redes sociales permite el trabajo desde al menos dos dimensiones: por un lado, contribuye a la clara visualización de la desigualdad respecto al género en el sector laboral cooperativo como un fenómeno mediado por las relaciones interpersonales; por el otro, refuerza distancias sociales, al coincidir las posiciones favorables o desfavorables para los mismos actores en los diferentes espacios. Así, se erige el desafío de potenciar el desarrollo de las CNA y se reafirma el reto de buscar alternativas ante la desigualdad, que contiene al espacio cooperativo, pero que incluye también otros espacios de la vida cotidiana.





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